En secreto by Manuel Gutiérrez Nájera — Read

Explore "En secreto" by Manuel Gutiérrez Nájera on Textopian. Read with annotations and highlights.

TENGO EN el más oculto cajón de mi bufete, entre la pequeña ánfora que guarda las hojas, marchitas ya, de un heliotropo, y la cubierta en que he encerrado cuidadosamente mi abono al teatro, una carta que sólo yo he leído todavía, y que recomendando el secreto más profundo, voy a poner ahora ante los ojos de los que con poco más o menos curiosidad leen mis artículos. Confieso que me considero incapaz de enseñar esta carta a algún amigo; temería, sin ir descaminado en mis temores, cometer un delito inexcusable, al romper el sigilo que se me encomienda; la voz de mi conciencia asustadiza, tal vez y sin tal vez, no me dejará concluir la lectura de esas líneas; romper así el secreto, es una falta; revelar a un amigo las confidencias que otro nos ha hecho, es, a no dudar, un crimen no previsto suficientemente por el Código; y yo, que me precio de reservado, que soy incapaz de revelar a nadie los secretos más o menos graves que se me confían, he decidido hundir en el misterio más completo la misteriosa carta de que hablaba. He aquí la causa por qué la publico.

A primera vista, esta decisión podrá aparecer como una paradoja, pero examinándola escrupulosa y detenidamente, cualquiera verá claro como la luz del día, la lógica profunda y la verdad que encierra. Entre publicar una carta y leerla un amigo, existe una enorme diferencia. El amigo es un ser perfectamente limitado, con personalidad propia, con dos ojos escrutadores que se fijan impertinentemente en nuestro rostro y con dos labios casi siempre en movimiento y ansiosos, cuando no, de desplegarse para dejar a algún secreto. Se ha menester un desenfado soberano para decir frente a frente a aquel amigo cosas que confiamos únicamente a la almohada. Aquella mirada nos hiela y nos inmoviliza como un día de invierno; a cada paso sospechamos, quizá sin fundamento, que una sonrisa de incredulidad mueve esos labios; tememos parecer ridículos o vanos, y la confesión, ya próxima a escaparse, se abriga avergonzada en nuestro pecho. ¡Pero con el público ya es otra cosa! El público es un ser perfectamente fantástico; un maniquí que nosotros mismos componemos y cuya naturaleza cambia y se transforma, como el termómetro, como el corazón de una coqueta. Hechura nuestra, posee nuestras propias debilidades y nuestras mismísimas flaquezas. Es un cierto todo que no es nada, y una especie de nada que lo es todo. Como el iris, ostenta todos los colores. Las veletas le han dado su movibilidad y la sombra su misterio. Como no tiene cara, es imposible que se ruborice. Es el confidente forzado de todos los poetas románticos, y el perenne delincuente sentenciado a oír cosas que nada le importan. San Agustín le reveló los secretos de su vida, y Sócrates le abrió de par en par el arcano de su muerte. ¡Pobre público! Si pudiera hablar, ¡cuánto diría! Él escuchó las jeremiadas de Lamartine, y escudriñó los misterios de su vida. El abraza todas las edades, todos los círculos, todas las ideas. El público es usted, caballero, cuando al levantarse por las mañanas, y mientras humea en la taza el chocolate, recorre las columnas del periódico. El público es también la dama cuyos ojos, negros o azules, rasgados o pequeños, se fijan indolentemente en estas líneas. Y lo que yo, por ejemplo, no diría jamás al viejo amigo; lo que no murmuraría al oído de usted, señora, mientras recorremos los salones al compás de un vértigo de Strauss, ni cuando en amistoso tête à tête hablamos, usted tejiendo a la luz de tibia veladora y yo siguiendo con los ojos los caprichosos dibujos de la alfombra, lo digo aquí sin inquietarme en lo más mínimo, sin que el temor anude mi garganta, sin que mis yertas manos se estremezcan como al soplo del cierzo de diciembre. Y esto es tan cierto, que si yo leyera la carta que tengo en estos instantes en mi mano, a un amigo, a un confidente, a un compañero, no vacilaría en echarse por esos mundos de Dios a investigar quién la había escrito, mientras que publicándola en un diario, como la publico, nadie, absolutamente nadie, se atreverá a dudar que es una epístola absolutamente imaginaria.

Reading navigation