Después del coleadero by Manuel Gutiérrez Nájera

Explore "Después del coleadero" by Manuel Gutiérrez Nájera on Textopian. Read with annotations and highlights.

COMO AL llegar la primavera vienen las golondrinas, al llegar el invierno vienen los aparecidos. Noviembre es el gran mes de las resurrecciones. La naturaleza parece como que muere, y el espíritu como que resucita; las hojas se desprenden de los árboles y las almas de los muertos se desprenden de los panteones; en los teatros y en las calles se representa Don Juan Tenorio; la muerte da una recepción en cada cementerio, como una dama aristocrática que abre su salón en día determinado; nos vestimos de negro y escuchamos el doble acompasado que cae del campanario; vemos con la imaginación, ese anteojo que alcanza a diez mil leguas y a diez mil años, a todos esos seres que han ido al país de donde nadie vuelve; es la época de las apariciones, de las memorias; la época en que todo resucita, menos los corazones que se han muerto y las bellezas que han pasado.

Pensaba yo el día último de octubre en estas cosas, cuando oí detenerse a la puerta de mi casa algún carruaje. Sonaron pasos en la escalera, abrí la puerta de mi gabinete y hallóme desde luego frente a frente de un desconocido. Era un hombre de alta estatura, esbelto y vigoroso, como el Apolo de Belvedere, y altivo y elegante como Milord de Brummel. Un traje negro correctísimo, que todavía mostraba la nostalgia de Inglaterra, cubría un cuerpo de gladiador romano. En la mano izquierda tenía el desconocido su sombrero, de copa alta; y en la derecha una tarjeta blasonada. El sombrero estaba forrado de irreprochable seda blanca, y la tarjeta decía así:

Reading navigation