Memorias de un vago by Manuel Gutiérrez Nájera

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EL FIN del mundo me recuerda a un viejo filósofo inédito, digno de figurar en los varones ilustres de Plutarco. Cuando le preguntaban su apellido, respondía: «Yo soy el que alumbra las noches». Y en efecto, se llamaba Luna. Si no recuerdo mal, era guatemalteco. En busca de fortuna, sin más dinero que el que llevan a París los saboyanos emigrantes, vino a pie desde su patria. Porraz le dio un asilo bajo los árboles del Tívoli y le nombró su cobrador. Luna ganaba, como recompensa de sus faenas, quince pesos mensuales, la casa y la comida. Su casa era un viejo cubil de perros, cavado en la pared, a la entrada del Tívoli. Para poder estar en ese abrigo miserable era preciso permanecer acostado o de rodillas. La luz no entraba por ninguna parte. Las únicas candelas propias de aquella catacumba hubieran sido las pupilas de una lechuza doméstica. Luna, como su homónimo celeste, no gastaba más luz que la del sol. Para pensar, no se requiere vela. ni pantalones. Durante el día peregrinaba trabajosamente, yendo a las casas de los deudores morosos, y al caer de la tarde volvía al Tívoli. Los gorriones, esos humildes músicos alados que forman la murga ambulante de los árboles, cantaban su coro final, como una turba de chicuelos a la hora en que salen del colegio. Luna entraba a su tugurio, sacaba un libro y se ponía a leer, aprovechando las moribundas claridades de la tarde. En ocasiones menospreciaba la lectura, y dábase a escribir sobre la parte blanca de los avisos y programas viejos, su obra monumental sobre el cercano fin del mundo. Muchas veces tuve oportunidad de conversar con aquel lunático. No carecía de cierta educación rudimentaria. Hablaba francés, inglés, y había leído las historias de Prescott y de Robertson. Su preocupación constante era el fin del mundo. La época fijada por ese astrólogo de cuarto bajo para la gran liquidación de cuentas, era el año mil novecientos. ¡Cerca andamos!

Luna era el tipo perfecto del avaro. Yo creo que él inventó el conocido sistema de aguar agua, esto es, de mediar con agua salubre la potable. Durante los ocho años que permaneció en el viejo Tívoli, cobrando a los deudores de Porraz, no quiso percibir ni un centavo siquiera de su sueldo. ¿Para qué? Tenía casa, comida, y al llegar a México habilitó su guardarropa para muchos años. Esta habilitación fue curiosísima. Luna tenía media docena de trajes, veinte sombreros y una cantidad fabulosa de botines. El costo de aquel inmenso vestuario no llegaba a cinco pesos. Como el gomoso se viste en casa de Gougoud, Luna se vestía en el Baratillo. -No saben ustedes -me decía una vez- el tesoro que tiene México en el Baratillo. De ahí habían salido esas levitas carmesíes, esos hermosos pantalones amarillos y esos lujosos chalecos verde oscuro con que se engalanaba, parecido por lo vistoso de sus colores, a los carteles de Tostado y a las fachadas de las casas Pompeyanas. ¿Quién supo jamás comprar cinco centavos de chalecos y real y medio de levitas? Pues lo supo Luna, que había visitado las tiendas ambulantes de los ropavejeros miserables, como Grant visitaba los empeños sentado en la carroza de Maximiliano.

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