La sospecha by Manuel Gutiérrez Nájera — Read

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ESTABAN AMBOS en ese momento peligroso del amor, en que, para creer en la propia felicidad, es necesario que los otros hagan lenguas de ella. Ser dos, no basta: es necesario que los otros digan: ¡sí, son dos! Los corazones buenos, llegado ese momento, han menester un amigo; los malos, un envidioso. Uno de los primeros síntomas de la sociedad es que suele uno verse en el espejo más a menudo que ordinariamente. ¿Por qué? Porque se busca un testigo, y estando eternamente solos, la propia imagen de uno es punto menos que un desconocido. El dúo aspira a resolverse en un terceto. Algunas veces degenera en concertante: sobre todo, cuando se trata de alguna ópera italiana o de amoríos pecaminosos.

Clementina y Roberto no se fastidiaban: ¿era posible acaso que se fastidiaran? Él tenía veinte abriles y ella treinta. Pero, sobre todo, lo que hacía irresistible a Clementina, era el pudor. La castidad, esa niñería sublime, es patrimonio de todas las doncellas inocentes; pero el pudor se adquiere, se conquista. Una joven alzándose la enagua hasta los ojos, es de una castidad suprema. El pudor es astuto, enseña apenas la punta delicada del botín. Es un arte. Es el obstáculo oportuno, la negación que consciente, la reticencia de la pasión. Sabe lo que se puede conceder y cómo y cuándo. A los treinta años comienzan las mujeres a tener pudor. Las vírgenes son augustas.

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