Explore "Memorias de un paraguas" by Manuel Gutiérrez Nájera on Textopian. Read with annotations and highlights.
NACÍ EN una fábrica francesa, de más padres, padrinos y patrones que el hijo que achacaban a Quevedo. Mis hermanos eran tantos y tan idénticos a mí en color y forma, que hasta no separarme de sus filas y vivir solitario, como hoy vivo, no adquirí la conciencia de mi individualidad. Antes, en mi concepto, no era un todo ni una unidad distinta de las otras; me sucedía lo que a ciertos gallegos que usaban medias de un color igual y no podían ponerse en pie, cuando se acostaban juntos, porque no sabían cuáles eran sus piernas. Más tarde, ya instruido por los viajes, extrañé que no ocurriera un fenómeno semejante a los chinos, de quienes dice Guillermo Prieto con mucha gracia, que vienen al mundo por millares, como los alfileres, siendo tan difícil distinguir a un chino de otro chino, como un alfiler de otro alfiler. Por aquel tiempo no meditaba en tales sutilezas, y si ahora caigo en la cuenta de que debía haber sido en esos días tan panteísta como el judío Spinoza, es porque vine a manos de un letrado, cuyos trabajos me dejaban ocios suficientes para esparcir mi alma en el estudio.
Ignoro si me pusieron algún nombre; aunque tengo entendido que la mayoría de mis congéneres no disfruta de ese envidiable privilegio, reservado exclusivamente para los machos y las hembras racionales. Tampoco me bautizaron, ni había para qué dado el húmedo oficio a que me destinaban. Sólo supe que era uno de los novecientos mil quinientos veintitrés millones que habían salido a luz en aquel año. Por lo tanto, carecí desde niño de los solícitos cuidados de la familia. Ustedes, los que tienen padre y madre, hermanos, tíos, sobrinos y parientes, no pueden colegir cuánta amargura encierra este abandono lastimoso. Nada más los hijos de las mujeres malas pueden comprenderme. Suponed que os han hecho a pedacitos, agregando los brazos a los hombros y los menudos dientes a la encía; imaginad que cada uno de los miembros que componen vuestro cuerpo es obra de un artífice distinto, y tendréis una idea, vaga y remota, de los suplicios a que estuve condenado. Para colmo de males, nací sensible y blando de carácter. Es muy cierto que tengo el alma dura y que mis brazos son de acero bien templado; pero, en cambio, es de seda mi epidermis y tan delgada, tenue y transparente que puede verse el cielo a través de ella. Además, soy tan frágil como las mujeres. Si me abren bruscamente, rindo el alma.