Humorada by Manuel Gutiérrez Nájera — Read

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(LA CARTA QUE NO SE DIO)

REVOLVIENDO PAPELES viejos en un cajón en donde guardo las facturas pagadas, los billetes de teatro que no he querido o no he podido aprovechar, los fragmentos de artículos y versos y las cartas de novias olvidadas, me encontré un sobre pequeñito y blanco, que encerraba dos pliegos de mi letra. ¿A quién iba dirigida aquella carta? ¡Dios lo sabe! El sobre no tenía dirección: estaba en blanco como la conciencia de un niño de dos años. Sin embargo, antes de leer lo escrito comprendí sin esfuerzos que era una carta, y carta dirigida a una mujer. Yo no he escrito nunca en papel Lacroix a mis acreedores de artículos o de dinero. Indudablemente, la mujer para quien había trazado aquellas líneas debió ocupar un sitio preferente en mis ensueños. ¿Quién era? Mil suposiciones encontradas estallaban en mi cerebro. Vanamente pretendía retratarla en mi memoria. Estaba en aquel instante como el viajero que sorprendido por la oscuridad en la montaña, duda si lo que tiene ante sus ojos es el tronco de un árbol o un bandido. A cierta edad, es muy posible hacer memoria de las novias que se han tenido; pero nunca de todas las mujeres que se han amado. Hay amores que duran un minuto. ¡Cuántas veces al volver una esquina, al paso de un carruaje en la calzada o al detener nuestras miradas en un palco del teatro, hemos pensado y hasta resuelto amar a una rubia o una morena de cuya cara no nos acordamos dos semanas después de aquel instante! Esos amores que no llegan a tener conciencia de sí propios son como las luciérnagas: brillan cortos momentos y se apagan. Pasan por el alma como pasa la sombra de un ave por el lago, sin dejar huella ni rayar el agua. Después, el torbellino de la vida nos arrastra y nos lleva muy lejos de aquellos rostros que tanta simpatía nos inspiraron: el tiempo corre y el soplo del olvido desvanece en el aire aquellas leves columnitas de humo. Sin embargo, ¡quién sabe si alguna de esas novias de un instante pudo habernos dado la felicidad con que soñamos! ¿En dónde están? ¿Cuáles eran sus nombres? ¿Quién recuerda los pormenores y circunstancias de las aldeas que ha visto al pasar, desde el abierto ventanillo de un vagón, ni el perfume de cada una de las rosas que ha mirado?

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