Explore "La vida en México" by Manuel Gutiérrez Nájera on Textopian. Read with annotations and highlights.
NO SÉ si lo que voy a referir es un hecho real, o si el café, cuya rica esencia había tomado, lo dibujó en el cristal de mi imaginación. La distancia que separa un suceso de un sueño es insignificante: la diferencia estriba únicamente en que el suceso puede verse a todas horas y el sueño se percibe nada más en medio de las sombras y con los ojos cerrados.
El caso es que ayer noche erraba meditabundo por las calles, cuyo aspecto, cuando la luz eléctrica se apaga, es el de un ataúd negro y sin capa. Sin objeto determinado, ni prefijo derrotero, iba a merced de mi capricho, pensando en muchas cosas que han pasado y en otras que todavía no han sucedido: esto es, viviendo por la raíz y por la copa, por el recuerdo y por la previsión, pero no en el presente ni en el medio. Ya casi todos los cafés habían cerrado sus puertas. Nada más los billares permanecían iluminados, siendo como son el último refugio de trasnochados y noctámbulos. En la Concordia, algunos mozos regaban y barrían el suelo, mientras contaban otros las propinas de la noche: arriba, en dos cerrados gabinetes, brillaba aún la luz del gas y se oían retazos de palabras, ruido de vajilla y hasta bostezos de cansancio y de fastidio. A tales horas no se encuentra en las calles ánima viviente, a no ser el gendarme que ronca en el portal de alguna tienda o el cochero que va dormido en el pescante, dejando a las flacas mulas el cuidado de conducirle a la carrocería. El rumor de los pasos crece en fuerza, como si algunos duendes fueran remedando a los transeúntes, por debajo de la acera. Todo calla y entre la sombra oscura de la noche, al ras del suelo, se distingue la hilera de esas linternillas que los gendarmes ponen en las bocacalles, sin que ninguno sepa a punto fijo para qué. Tan profundo silencio y soledad tan grande entristecen al menos melancólico. De ningún edificio, casa o fonda, salen rayos de luz ni ruido humano. Parece que están ciega la luz y muertos los sonidos, o que, entretanto reinan las tinieblas, la vida, como el sol, se ha ido a otra parte.