Cinco años de prisión by Manuel Gutiérrez Nájera

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Y EL ANCIANO lívido, trémulo, parpadeando, se levantó de su asiento: habríase dicho que el asiento le empujó. Sombrío era aquel hombre blanco. Ni el hombre enmarañado de la Selva de Mans infundió más pavor. Correcto, erguido, con la muriente llama de la vida avivada en sus ojos por la cólera, quiso hallar la palabra, la imprecación, la blasfemia, el grito bestial que retorciéndose en el espíritu erizado no encontraba la salida. La boca abierta quedó muda por algunos instantes. Entró por fin a esa alma un soplo de aire y pudo hablar.

-¡Miserables! ¡Miserables! Yo me llamo la Golria. Yo me llamo el Genio. He dado mi nombre al picacho más alto que domina las fuentes del Orinoco. He dado mi nombre al mar que corre de Noruega a Groenlandia. Mi querida fue Francia. Mi enamorada, la humanidad. Tuve a mis pies a los reyes, a los sultanes. Me llamaron el Grande. Vi la corriente tumultuosa del siglo desde una cumbre. Iba a la inmortalidad para decirle a Homero: cántame. ¡Miserables! ¡Miserables!. -A aquel inmenso orgullo abofeteado asomaron las lágrimas. Ya habló el hombre-: ¡No, yo no he robado, yo no soy un ladrón: eso es mentira! He vivido con lujo; pues, ¿pude acaso haber vivido de otro modo? Así, con la fastuosa pompa de los vencedores viví. ¿Queríais que un César pordioseara? Y ¿quién me hizo César? ¡Pues vosotros, mis adoradores, mis creyentes, mis fanáticos! ¿Cómo había de suponer que me pidierais cuentas, que me regatearais, a mí que di tanto a la humanidad y más a Francia? ¿Cómo había de ver si quemabais incienso en torno mío e iba yo por el mundo, como los dioses de la Ilíada, envuelto en una nube? Si fui el que di ¿qué es lo que debo?

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