Explore "La mancha de Lady Macbeth" by Manuel Gutiérrez Nájera on Textopian. Read with annotations and highlights.
NO TUVO el cartero mucho trabajo en la mañana; y como fue mañana de Viernes Santo, el calor y la fe lo llevaron a la iglesia. ¿Quién abre su correspondencia en día sagrado? En la portería del palacio dejó los periódicos que habían llegado de México para el señor Gobernador; si bien como buen católico y piadoso, se quedó con el que tenía el Camino del Gólgota de Carpio y La última cena de don Juan Nicasio Gallego. Desde las siete se instaló en la Catedral frente a frente del monumento. Quería asistir a todos los Oficios y sobre todo a la Adoración de la Cruz. Seres sobrenaturales le parecían los canónigos con sus grandes caudas; y ser semidivino el arzobispo, tan alto, tan vigoroso, tan macizo, rodeado de familiares y seminaristas que bajaban los ojos, como si el esplendor de la mitra los deslumbrara. Y luego, aquellos cantores que salían del coro, también pausada y solemnemente, también con togas negras como los canónigos; aquellos grupos de infantes y monagos, entre los que estaba por más señas el hijo mayor del cartero; aquel olor a incienso y la cascada voz de la matraca. todo le interesaba y conmovía. Amén de esto, era intensísimo el calor -porque el clima de la ciudad de Morelia es muy caliente- y la relativa frescura de la nave convidaba a permanecer en ella. Parecía que el órgano, soplando, enfriaba algo la atmósfera y eso que la aglomeración de los devotos, el resollar de tantas personas comprimidas y aprensadas, no eran nada propicios para que se gozara de agradable temperatura. No encontró el cartero banca en que sentarse; y estaba junto a la escalera del púlpito, al lado de un hombre de sarape colorado y sombrero de petate. No podía ya salir, sin riesgo de enredarse en las puntas y flecos de los rebozos y de pisar y estropear los pies desnudos y encallecidos los más, de las mujeres pobres que casi llenaban la iglesia, arrodilladas unas, otras sentadas en cuclillas; ésta, con la canasta de la verdura; aquélla con el muchacho prietito y greñudo en brazos. Entre las masas de sarapes colorados, de rebozos azules, de camisas sucias, destacábanse algunas personas decentes y de suposición: el señor licenciado, con su levita cruzada, que él casi nunca se abrochaba, leyendo atentamente la Pasión en un devocionario forrado de terciopelo rojo; doña Ramona con su vestido de gros negro, en cuyo corpiño resaltaba, caprichosamente enredada, angosta y larga cadena de oro; los hijos del Administrador de Rentas, chiquitines traviesos y en esa ocasión más inquietos que nunca porque les apretaban los botines nuevos; muchas personas conocidas, adineradas y devotas; y, cerca de la crujía, de pie junto a un caballero que vestía saco de merino blanco, una francesa de sombrero con plumas y con flores, que causaba extrañeza y hasta lástimas en los fieles, temerosos de que el Señor lanzara un rayo a aquellas plumas, en castigo de semejante desacato.
El cartero abrió su Lavalle, y al abrirlo dejó caer un pliego cerrado. Se apresuró a recogerlo y lo guardó en la bolsa de su chaqueta, junto al portamoneda en que llevaba cinco reales para comprarles fruta a sus muchachos. Así no se olvidaría de él, porque en honor de la verdad, tenía el propósito de llevarlo a su destino. Muchas otras cartas le dieron en el Correo por la mañana; pero tanto la religión, como la pereza y como el calor, le habían aconsejado que no profanara el día santo, ni se expusiera a enfermarse, corriendo calles, bajo aquel sol abrasador. Exceptuó la correspondencia del Gobernador y aquella carta para la señorita Paz. ¡Era tan buena, tan caritativa, tan amable la señorita Paz! Y sobre todo. ¡después de la desgracia que sufrió. ! La carta era de México y acaso le llevaría buenas noticias. ¡Ojalá. !