Domingo de Ramos by Manuel Gutiérrez Nájera

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REFIERE EL EVANGELIO, hermanas mías, que entró Jesús a Jerusalem montado en una pollina, y que el pueblo tendía las capas a su paso y agitaba palmas, en muestra de regocijo, y entonaba hosanas. Esta triunfal entrada a la ciudad santa, me parece muy semejante, en muchos casos, al solemne día del matrimonio. Jerusalem es, por ejemplo, Santa Brígida. A la pollina ha reemplazado el landó en que llegan los novios. La ciudad. digo, la iglesia, está adornada y de fiesta. Al observar el infinito número de flores que hay, orlando las columnas y tapizando las paredes, se cae en cuenta de que para la feliz pareja es aquel su día de Ramos, el principio de su Semana Santa. El órgano canta ¡hosanas! como el pueblo de Jerusalem. La multitud se divide en dos grandes masas, para abrir calle a los triunfadores, y un murmullo de admiración cortesana se alza y se extiende en la majestuosa nave de la iglesia. ¡Ya entraron en Jerusalem! ¡Ya comenzó la gran semana!

Os hablo, por supuesto, señoritas, de los matrimonios hechos ligera y atolondradamente. Para los que se hacen como dios manda, Jerusalem es más piadosa y menos tornadiza. Para éstos, al día de Ramos sigue la Anunciación, el Nacimiento y otras fiestas simpáticas y poéticas. Mas para los primeros, en pos del Domingo de Ramos vienen indefectiblemente las Tinieblas, el «pase de mí este cáliz», los azotes, el pésame, y por último, un amigo traidor que mete la mano en el plato, un desesperado que se ahorca o un amor muerto y sepultado que nunca, nunca resucitará.

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