Domingo de Resurrección

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HEMOS LLEGADO AL FIN de esta cuaresma, y antes de abandonar, acaso para siempre, el encarrujado sobrepelliz, la sotana de raso y el solideo de seda negra, quiero daros las gracias por la paciencia con que os habéis dignado escucharme, ejercitando así, en este tiempo santo, una de las virtudes que más recomienda el apóstol, que más recomiendo yo a las casadas que me oyen, y que más necesito en esta vida, no obstante que la tengo, y sublimada, en mi nombre, o mal nombre periodístico. Tanta es la excelencia de esta virtud, que ni aquel justo Job, patrono mío, llegó a poseerla en toda su plenitud, puesto que renegó de la vida y maldijo el instante en que nació.

Como habéis observado, en estas breves pláticas me he dirigido más particularmente a vosotras, ya usando para ello el tratamiento de Usted o ya el de Vos, según estaba de humor, pero excluyendo siempre el llano tú, que es el que emplean generalmente, para hablar entre sí, las gentes que no se quieren. Y para hablar singularmente con las señoras y las señoritas he tenido varios motivos, entre otros, el de que es más agradable para conversar con las mujeres que con los varones. Los hombres, además, asisten a los templos con menos frecuencia que vosotras; si asisten, es de noche; y yo por las noches no predico: voy al teatro.

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