Don Inocencio Lanas by Manuel Gutiérrez Najera

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DON INOCENCIO LANAS[1]

DON INOCENCIO LANAS era un siervo de Dios, grande amigo de Lucifer y un tanto cuanto emparentado con el apóstol Judas Iscariote, de quien ayer, si no recuerdo mal, se hizo memoria. Don Inocencio no tenía nada de inocencia. Entiendo que no dio nunca esperanza a sus maestros ni a su patria, fiel en esto a su arraigada costumbre de no dar nunca ni un comino; que, en achaques de aritmética, sólo sabía la regla de multiplicar, y la de dividir (en canal) a todo ser nacido; que jamás por jamás malgastó el tiempo y que, tacaño por temperamento, conservador por carácter y anti-liberal por principios, no quiso nunca contraer estado, parte por no encontrar doncellas ricas y parte por no querer soltar las cintas de la bolsa en provecho del juez y de la parroquia. Cuando yo conocí y traté a don Inocencio, era éste un vejete avellanado, de esos que no aparentan edad alguna definida y lo mismo pueden tener doscientos años que sesenta o setenta, echando por lo alto. Don Inocencio era todo lo que se llama un hombre feo; pero, feo de pendón y charreteras dobles. Tenía el color cetrino; enjuto el rostro; la nariz encorvada, como conviene a una ave de rapiña; brillantes y vivísimos los ojos, mal ocultos por una gafas de notario; ancha la boca, parecida al hocico de las zorras; largos los pies, las manos y las uñas, como pintan los dibujantes místicos al diablo; chica la frente, rugosa como viejo pergamino; y enteco el pobre cuerpo, lleno por todas partes de salientes huesos, protuberancias y jorobas. Por no pagar los cuartos del barbero, don Inocencio se dejaba crecer todos los pelos que en la cara habla (afortunadamente eran muy pocos) -y yendo más allá, si es que tal cabe, en el camino de la dejadez y el desaseo, dos veces nada más dentro del año, permitía que su cuerpo desmedrado gozara los abrazos de las ondas; y eso con tal parsimonia, que le era suficiente una pequeña palangana llena de agua para ponerse como un ascua de oro, o mejor dicho, como un hueso limpio. Los días solemnes en que don Inocencio se lavaba, eran el 25 de diciembre, día de Pascua, y el Sábado de Gloria en la mañana; por cierto que daba gloria verle en esos días, con cuello y puños limpios, cepillada la chupa dominguera, y tan campante, fresco y mocetón como un novio al principio del bodorrio o un sacristán al amanecer el Jueves Santo.

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