Explore "El décimo hombre" by Graham Greene on Textopian. Read with annotations and highlights.
Louis Chavel no comprendió nunca por qué el alcalde le odiaba. Su odio era inconfundible: había visto aquella mirada demasiadas veces en el juzgado, en la cara de testigos o reclusos. Ahora que él mismo se encontraba preso le resultaba imposible adaptarse al nuevo punto de vista, y sus tentativas de acercarse a sus compañeros fracasaban porque siempre pensaba en ellos como presidiarios por naturaleza, que en cualquier caso tarde o temprano se hubieran visto en la cárcel debido a robo, contumacia o crimen sexual, mientras que él estaba encarcelado por error. En tales circunstancias el alcalde era su compañero obvio: comprendía que no era un preso natural, aunque recordaba claramente un caso de desfalco en el que había estado implicado un alcalde; hizo torpes aproximaciones y le asombró y desconcertó la aversión del otro.
Los demás eran amistosos y amables con él. Le respondían cuando Ies hablaba, pero lo más que se habían acercado a un conato de conversación con él eran los saludos a lo largo del día. Al cabo de un tiempo le parecieron horribles los saludos rutinarios incluso dentro de la cárcel. «Buenos días», le decían, y «Buenas noches», como si le estuvieran saludando en una calle conforme pasaba camino de los juzgados. Pero todos estaban encerrados juntos en un cobertizo de cemento, de treinta y cinco pies de largo por diecisiete de ancho.