Explore "El décimo hombre" by Graham Greene on Textopian. Read with annotations and highlights.
Las banderas de júbilo llevaban en su sitio varios meses cuando Jean-Louis Charlot había vuelto a París. Las palas de su calzado se conservaban bien, pero las suelas eran casi tan delgadas como el papel, y su traje oscuro de abogado ostentaba las huellas de muchos años de encarcelamiento. En las celdas había creído que mantenía las apariencias, pero ahora el sol manoseaba cruelmente su atuendo como un comerciante de ropa usada, y delataba la tela desgastada, los botones perdidos, el desaliño general. Representaba un cierto consuelo que París estuviese también desaseado.
Charlot llevaba en el bolsillo uña navaja de afeitar envuelta en un jirón de periódico, junto con lo que quedaba de una pastilla de jabón, y tenía tres cientos francos: no tenía papeles, pero sí algo mejor: la hoja del oficial de la prisión en la que los alemanes habían anotado cuidadosamente, un año antes, los datos que él les había dado, el nombre de Charlot inclusive. Un documento semejante era en Francia en aquel momento más valioso que los pa peles legales, pues ningún colaboracionista poseía una ficha carcelaria alemana, autentificada por foto grafías muy eficientes, de frente y de perfil. La cara estaba algo cambiada, ya que Charlot se había dejado barba, pero seguía siendo, si se examinaba detenidamente, la misma cara. Los alemanes eran archiveros completamente modernos; se puede reemplazar fácilmente las fotos de documentos; la cirugía plástica puede añadir o eliminar cicatrices, pero no es tan sencillo modificar las medidas reales del cráneo, y los alemanes habían anotado este detalle con gran minuciosidad.