Explore "El décimo hombre" by Graham Greene on Textopian. Read with annotations and highlights.
El gran actor Carosse se sentó en el cobertizo y estudió su situación. No estaba abatido por las un tanto humillantes circunstancias. Experimentaba el sentimiento democrático de un duque que se siente seguro y por encima de cuestiones de clase y moda les. Carosse había actuado en presencia del rey Jorge V de Inglaterra, el rey Carol de Rumania, el archiduque Otto, el enviado especial del presidente de los Estados Unidos, el mariscal de campo Goering e in numerables embajadores, entre ellos los de Italia, Rusia y Herr Abetz. Brillaban en su memoria como joyas: pensaba que, en caso necesario, siempre podría empeñar a uno u otro de aquellos personajes magnos o reales a cambio de «pasta». No obstante, había sentido un desasosiego momentáneo en St. Jean, esa mañana temprano, al ver, uno junto a otro en la pared de la comisaría, un cartel que incluía su nombre en una lista de colaboracionistas en libertad y el anuncio de un asesinato en un pueblo a menos de ochenta kilómetros de allí. La policía, por supuesto, ignoraba los detalles del crimen; de lo contrario, Carosse tendría la certeza de que la descripción del mismo hubiese sido «homicidio». Había obrado sencillamente en defensa propia, para impedir que el burguesito estúpido le delatase. Había dejado el cadáver, pensaba, perfectamente escondido debajo de las matas de tojo del terreno comunal, y se había llevado los papeles que podrían haberle servido para superar una apresurada investigación formal. Ahora que ya no podían serle útiles, y que podrían resultar peligrosos, los había quemado en el cobertizo y enterrado las cenizas en un tiesto.
Al ver los dos letreros había comprendido que no era prudente continuar ruta. No, por lo menos, hasta que el tiempo hubiese rasgado, descolorido y arrancado aquellos anuncios en todas partes. Había tenido que buscar refugio y sólo había una casa accesible. Aquel hombre, Charlot, ya había mentido a su amante al respaldar la impostura de Carosse, y había violado la ley dando cobijo a un colaboracionista : allí había, evidentemente, una clavija que podría apretarse a fondo. Pero mientras estaba sentado sobre una carretilla, profundizando en el análisis de su situación, su imaginación acariciaba un proyecto más audaz. En su mente se levantó el telón sobre una intriga romántica que sólo un actor del más alto genio podría hacer verosímil, aunque no fuese quizá una escena completamente original: Shakespeare la había concebido primero.