El mundo de ayer by Stefan Zweig — Read

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Era muy natural que después de la escuela primaria me enviasen a un gymnasium. Todas las familias acomodadas velaban celosamente, aunque sólo fuera por razones de apariencia social, por tener hijos «cultos»; les hacían estudiar francés e inglés, los familiarizaban con la música, les asignaban institutrices y, luego, preceptores particulares para que aprendieran buenos modales. Pero sólo la llamada formación «académica» que llevaba a la universidad les confería un valor cabal en aquellos tiempos de liberalismo «ilustrado». Por eso, toda «buena» familia aspiraba a que al menos uno de sus hijos llevase un título de doctor delante de su nombre. Ahora bien: aquel camino hacia la universidad resultaba bastante largo y no aparecía, ni mucho menos, sembrado de rosas. Era necesario pasar cinco años de escuela primaria y ocho de gymnasium, sentado en un banco de madera y a razón de cinco a seis horas diarias, y durante el tiempo libre, hacer los deberes y, sobre todo, dedicarse a satisfacer las exigencias de la «cultura general», fuera ya del marco de la escuela: francés, inglés, italiano, las lenguas «vivas» al tiempo que las clásicas, latín y griego; es decir, cinco lenguas en total, además de geometría y física y las demás asignaturas escolares. Resultaba más que demasiado y casi no dejaba espacio para el desarrollo del cuerpo, el deporte y los paseos, y menos todavía para el ocio y la diversión. Recuerdo vagamente que a los siete años nos obligaban a aprender de memoria y a cantar a coro una canción que hablaba de la «alegre y feliz infancia». Aún me suena en los oídos la melodía de aquella cancioncita simple e ingenua, pero en aquel entonces me costaba pronunciar su letra y, aún más, vocearla a coro con convicción. Porque, si he de ser sincero, toda mi época escolar no fue sino un aburrimiento constante y agotador que aumentaba de año en año debido a mi impaciencia por librarme de aquel fastidio rutinario. No recuerdo haberme sentido «alegre y feliz» en ningún momento de mis años escolares -monótonos, despiadados e insípidos- que nos amargaron a conciencia la época más libre y hermosa de la vida, hasta tal punto que, lo confieso, ni siquiera hoy logro evitar una cierta envidia cuando veo con cuánta felicidad, libertad e independencia pueden desenvolverse los niños de este siglo. Al observarlos, todavía se me antoja increíble que los niños de hoy hablen con sus maestros con toda la naturalidad del mundo y casi au pair, que corran a la escuela sin miedo y, no como nosotros, con una sensación constante de insuficiencia; que puedan hablar sin ambages, tanto en casa como en la escuela, de sus deseos e inclinaciones, propios de espíritus jóvenes y curiosos; son seres libres, independientes y naturales, todo lo contrario que nosotros, que, en cuanto pisábamos la casa odiada, teníamos que -como quien dice- recogernos sobre nosotros mismos para no topar de cabeza con el invisible yugo. Para nosotros, la escuela era una obligación, una monotonía tediosa, un lugar donde se tenía que asimilar, en dosis exactamente medidas, la «ciencia de todo cuanto no vale la pena saber», unas materias escolásticas o escolastizadas que para nosotros no tenían relación alguna con el mundo real ni con nuestros intereses personales. Era un aprendizaje apático e insulso, dirigido no hacia la vida sino al aprendizaje en sí, cosas que nos imponía la vieja pedagogía. Y el único momento realmente feliz y alegre que debo a la escuela fue el día en que sus puertas se cerraron a mi espalda para siempre.

No es que nuestras escuelas austríacas fueran intrínsecamente malas. Todo lo contrario: El «plan de estudios», como se llama ahora, era fruto de una experiencia secular, y si se hubiese llevado a la práctica de una manera atractiva y estimulante, habría podido constituir la base de una educación fructífera y bastante universal. Pero precisamente el hecho de que se ciñeran a pies juntillas a un plan tan estricto ya sufría esquematización, convertía nuestras horas lectivas en espantosamente áridas y muertas: el desalmado aparato de enseñanza no se ajustaba al individuo y, como una máquina automática, demostraba tan sólo, con calificaciones de «bien, aprobado y suspenso», hasta qué punto los alumnos habían correspondido a las «exigencias» del plan de estudios. Pero precisamente esa falta de sensibilidad humana, esa fría falta de personalidad y ese trato digno de un cuartel fueron los elementos que desencadenaron en nosotros una exasperación inconsciente. Estábamos obligados a aprendernos la lección y nos examinaban para comprobar lo que habíamos aprendido; en los ocho años, ningún maestro nos preguntó siquiera una vez qué queríamos aprender, y brilló completamente por su ausencia ese entusiasmo estimulante que todo joven anhela en secreto.

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