El mundo de ayer by Stefan Zweig — Read

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Como regalo para el primer año de libertad que había conquistado me prometí a mí mismo París. Conocía esta ciudad inagotable sólo superficialmente, por dos visitas anteriores, y sabía que, quien de joven pasa allí un año, guarda de ella un recuerdo incomparable de felicidad a lo largo de toda su vida. Un joven con los sentidos despiertos en ninguna otra parte se encuentra tan identificado con el ambiente como en esta ciudad que se da a todo el mundo y en la que, no obstante, nadie ahonda nunca del todo.

Sé perfectamente que el París de mi juventud, que tenía y daba alas, ya no existe; quizá ya nunca recuperará aquella maravillosa despreocupación después de que la mano más dura de la Tierra lo marcara tiránicamente con el estigma del bronce. En el momento de iniciar estas líneas se acercaban, devastadores, las tropas y los tanques alemanes, como una masa gris de termitas, con el fin de destruir de cuajo el colorido divino, la alegría feliz, el esplendor y el florecimiento inmarchitable de aquella armoniosa obra de creación. Y ahora ha ocurrido: la bandera con la cruz gamada cuelga de la torre Eiffel, las negras tropas de asalto desfilan provocadoras por los Campos Elíseos de Napoleón y, desde lejos, comparto los espasmos de los corazones en los hogares y las miradas humilladas de los antes bonachones burgueses, cuando las botas altas de los conquistadores pisan sus familiares cafés y bistrots. Creo que ninguna desgracia personal me ha afectado, conmocionado y desesperado tanto como la humillación de esta ciudad que, como ninguna otra, había sido agraciada con el don de hacer feliz a todo aquel que se acercara a ella. ¿Podrá dar un día a futuras generaciones lo que nos dio a nosotros: la enseñanza más sabia, el ejemplo más admirable de ser a la vez libre y creadora, estar abierta a todos y enriquecerse cada vez más en esa hermosa prodigalidad?

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