Explore "El mundo de ayer" by Stefan Zweig on Textopian. Read with annotations and highlights.
¿Acaso el tiempo corría más deprisa en aquella época que en la actual, que está repleta de acontecimientos que transformarán el mundo desde la corteza hasta las entrañas para siglos? ¿O quizás es que esos últimos años de juventud de antes de la primera guerra europea me parecen tan vagos simplemente porque transcurrieron en una etapa de trabajo regular? Escribía, publicaba, mi nombre era conocido dentro y fuera de Alemania, tenía partidarios y también adversarios, lo cual en realidad habla más bien a favor de un cierto carácter propio; tenía a mi disposición todos los periódicos del Imperio, no necesitaba enviarles colaboraciones, sino que me las pedían. Pero en mi fuero interno no me engañaba respecto al hecho de que todo cuanto hacía y escribía durante aquellos años más tarde no tendría interés alguno; todas nuestras ambiciones e inquietudes, todos nuestros desengaños y rencores de entonces, hoy me parecen minúsculos. Las dimensiones de esta época han cambiado nuestra óptica a la fuerza. De haber empezado este libro unos años antes, hablaría de conversaciones con Gerhart Hauptmann, Arthur Schnitzler, Beer-Hofmann, Dehmel, Pirandello, Wassermann, Schalom Asch y Anatole France (las charlas con este último eran francamente divertidas, pues el anciano nos obsequiaba durante toda la velada con historias verdes, pero con una seriedad convincente y una gracia indescriptible); podría hablar de los grandes estrenos, como el de la décima [ = octava] sinfonía de Gustav Mahler en Munich y el de El caballero de la rosa en Dresde, de la bailarina Karsávina y del bailarín y coreógrafo Nizhinski, porque yo era de espíritu vivo y curioso y fui testigo de muchos acontecimientos artísticos «históricos». Pero todo lo que ya no guarda conexión con los problemas de la época actual resulta caduco para nuestra severa medida de lo esencial. Hoy, los hombres de mi juventud que dirigieron mi mirada hacia el mundo literario me parecen, desde hace tiempo ya, menos importantes que los que me la desviaron hacia el mundo real.
Entre estos últimos figuraba, en primer lugar, un hombre que había de dirigir el destino del Imperio Alemán en una época trágica y que, once años antes de la subida de Hitler al poder, fue abatido por la primera bala asesina de los nacionalsocialistas: Walther Rathenau. Nuestra amistad, antigua y cordial, había empezado de una manera curiosa. Uno de los primeros hombres de quien recibí un estímulo a mis diecinueve años fue Maximilian Harden, cuya revista, Zukunft, tuvo un papel decisivo durante los últimos años del imperio de Guillermo II. Harden, a quien Bismarck en persona introdujo en la política y de quien, de muy buen grado, se sirvió como portavoz o pararrayos, hizo caer a ministros, hizo estallar el asunto Eulenburg, hizo temblar el palacio imperial semana tras semana con nuevos ataques y revelaciones; y a pesar de todo, los amores de Harden en su vida privada seguían siendo el teatro y la literatura. Pues bien, resulta que un buen día apareció en Zukunft una serie de aforismos firmados con un pseudónimo que ya no recuerdo y que me llamaron la atención por su notable ingenio y su concisa fuerza de expresión. Escribí a Harden en mi calidad de colaborador regular de la revista: «¿Quién es ese hombre nuevo? Hacía años que no leía unos aforismos tan afilados».