Explore "El mundo de ayer" by Stefan Zweig on Textopian. Read with annotations and highlights.
En realidad no sirvió de nada recluirme. La atmósfera seguía siendo opresiva. Y por eso mismo comprendí que no bastaba con una actitud meramente pasiva, con no tomar parte en los burdos insultos contra el enemigo. Al fin y al cabo, uno era escritor, tenía la palabra y, por lo tanto, la obligación de expresar sus convicciones, aunque sólo fuese en la medida en que le era posible en una época de censura. Escribí un artículo titulado «A los amigos en tierra extraña» en el que, rehuyendo clara y rotundamente las fanfarrias de odio de los demás, confesaba que me mantendría fiel a todos mis amigos del extranjero -aunque de momento fuera imposible establecer contacto con ellos- con el fin de seguir trabajando conjuntamente, a la primera oportunidad, en la construcción de una cultura europea. Lo mandé al periódico alemán más leído. Con gran sorpresa mía, el Berliner Tageblatt no dudó en publicarlo íntegro. Sólo una frase, «sea quien sea al que corresponda la victoria», fue víctima de la censura, porque entonces no se toleraba ni la más pequeña duda de que Alemania saldría victoriosa, por supuesto, de aquella guerra mundial. Pero, incluso con esta restricción, el artículo me granjeó algunas cartas indignadas de lectores ultra patriotas que no comprendían cómo, en los tiempos que corrían, alguien podía hacer causa común con aquellos miserables enemigos. No me molestó demasiado. Nunca en mi vida había tenido la intención de convertir a los demás a mis convicciones. Me bastaba con manifestarlas y, sobre todo, poderlas manifestar claramente.
Quince días después, cuando ya casi me había olvidado del artículo, recibí una carta con sello suizo y la estampilla de la censura en la que, por sus trazos familiares, inmediatamente reconocí la mano de Romain Rolland. Debió de leer el artículo, porque decía: «Non, je ne quitterai jamais mes amis». En seguida comprendí que aquellas pocas líneas suyas eran un intento de comprobar si era posible, estando en guerra, ponerse en contacto epistolar con un amigo austríaco. Le contesté a vuelta de correo. A partir de entonces nos escribimos con regularidad y nuestra correspondencia continuó después durante más de veinticinco años, hasta que la Segunda Guerra Mundial -más brutal que la Primera- rompió toda comunicación entre los países.