Explore "El mundo de ayer" by Stefan Zweig on Textopian. Read with annotations and highlights.
Cuando en la Pascua de 1917 apareció mi tragedia Jeremías en forma de libro, tuve una sorpresa. La había escrito intencionadamente en enconada oposición a la época y, por esta razón, esperaba una oposición no menos enconada. Pero ocurrió todo lo contrario. En seguida se vendieron veinte mil ejemplares del libro, una cifra fantástica para un drama impreso; no sólo los amigos como Romain Rolland se manifestaron públicamente a su favor, sino también los que antes defendían más bien el otro bando, como Rathenau y Richard Dehmel. Directores de teatro a los que ni siquiera se les había entregado el drama -era impensable representarlo en Alemania durante la guerra- me escribieron pidiéndome que les reservara el estreno para cuando llegara la paz; incluso la oposición de los belicosos se mostró cortés y respetuosa. Me lo había esperado todo menos esto.
¿Qué había ocurrido? Ni más ni menos que la guerra ya hacía dos años que duraba, con lo que había cumplido con su cruel tarea de desencanto. Tras la terrible sangría en el campo de batalla, la fiebre empezaba a ceder. Los hombres miraron el rostro de la guerra con más frialdad y rigor que en los primeros meses de entusiasmo. El sentimiento de adhesión fue perdiendo fuerza, porque no se notaba en lo más mínimo la gran «purificación moral» anunciada con delirio por filósofos y escritores. Una profunda grieta recorría el pueblo de arriba a abajo; el país se había desintegrado, por decirlo así, en dos mundos diferentes; en el frente, los soldados que combatían y sufrían las más terribles privaciones; en la retaguardia, los que se habían quedado en casa, los que seguían llevando una vida despreocupada, llenaban los teatros y encima sacaban provecho de la miseria de los demás. Frente y retaguardia se iban perfilando cada vez más como polos opuestos. Un escandaloso favoritismo, disfrazado de mil formas, se introdujo furtivamente por las puertas de las oficinas públicas; se sabía que con dinero o influencias se obtenían lucrativos suministros, mientras se seguía empujando a las trincheras a campesinos y obreros medio cosidos a balazos. Así, pues, todo el mundo empezó a cuidar de sí mismo lo mejor que podía, sin escrúpulos. Los artículos de primera necesidad eran cada día más caros debido a un vergonzoso comercio de intermediarios, los víveres escaseaban y, por encima de la sombría ciénaga de la miseria colectiva, brillaba como un fuego fatuo el provocador lujo de los que se aprovechaban de la guerra. Una irritada desconfianza fue apoderándose poco a poco de la población: desconfianza hacia el dinero, que perdía valor cada vez más, desconfianza hacia los generales, los oficiales y los diplomáticos, desconfianza hacia los comunicados oficiales y del estado mayor, desconfianza hacia los periódicos y sus noticias, desconfianza hacia la guerra misma y su necesidad. Así, pues, no fue en absoluto el mérito literario de mi libro lo que le procuró un éxito tan sorprendente; me había limitado a expresar aquello que los demás no se atrevían a decir abiertamente: el odio a la guerra y la desconfianza hacia la victoria.