Explore "Noticias del Imperio" by Fernando del Paso on Textopian. Read with annotations and highlights.
Y para decirle al mundo quién fuiste te lo tengo, primero, que decir a ti. Lloró como una mujer Abdalá-el-Zaquir cuando perdió Granada. Lloró, por no haber sabido pelear como un hombre, Abd-el-Kader cuando perdió la Batalla de Argel. Lloró Hernán Cortés bajo el Árbol de la Noche Triste cuando pensó que ya nunca conquistaría la gran Tenochtitlán. Pero tú no lloraste, Maximiliano, cuando junto con Querétaro perdiste todo México: fuiste Maximiliano el impávido. Fuiste, también, Maximiliano el digno. Mi abuelo huyó de las Tullerías con gafas negras y las patillas rasuradas: tú no te afeitaste tu barba rubia. Napoleón el Grande huyó de Francia rumbo a la Isla de Elba, vestido primero de postillón y después de oficial austríaco y comisario ruso: tú no te pusiste un uniforme de la chinaca roja. Su sobrino Napoleón el Pequeño huyó del Castillo de Ham disfrazado de albañil: tú no te disfrazaste de arriero. Don Carlos el pretendiente al trono de España, huyó a Inglaterra con el pelo teñido: tú no te teñiste el pelo. Tú, Maximiliano, te quedaste en Querétaro. Tú, Maximiliano, no fuiste otro Pedro de Aragón el Cruel: no hubo, en México, vísperas sicilianas. Fuiste Maximiliano el justo. ¿Pero te acuerdas de García Cano? Tú no fuiste otro Ricardo Tercero, otro Pedro Primero de Rusia: jamás le quitaste, jamás le hubieras quitado la vida a alguien por cuyas venas corriera tu propia sangre, como lo hizo Ricardo de Gloucester con sus sobrinos, como asesinó Pedro Primero a su hijo Alexis. Fuiste Maximiliano el magnánimo. ¿Pero te acuerdas de García Cano, el mexicano a quien acusaron de haber conspirado para quitarte la vida? No, tú no fuiste otro Emperador Fernando Segundo de Austria, bajo cuyo reinado las tropas de Tilly cometieron en Magdeburgo una matanza como no se había visto desde la cruzada contra los albigenses. No fuiste, tampoco, otro Iván el Terrible: no hubo en las calles de México, como en las calles de Novgorod, gente que fuera destazada o asada viva. Fuiste Maximiliano el bondadoso. ¿Pero te acuerdas que a García Cano lo ejecutaron porque le negaste la gracia? ¿Te acuerdas que cuando su mujer se echó a tus pies en el Castillo de Chapultepec no quisiste escucharla y dijiste que nunca más la dejaran entrar? ¿Pensaste en ella, dime, cuando estabas frente al pelotón de fusilamiento en el Cerro de las Campanas, y pensaste en la Princesa Salm Salm que le pidió de rodillas a Juárez que te perdonara la vida? ¿Te acuerdas, Maximiliano, que cuando te encontraste a la mujer de García Cano en el Paseo de la Emperatriz ordenaste que se desviara tu carruaje y ella corrió tras él, pidiéndote a gritos que tuvieras clemencia? ¿Y te acordaste, dime, de la mujer de García Cano cuando escuchaste los alaridos y los sollozos de la mujer de Mejía que corría tras el coche que lo llevaba al Cerro de las Campanas? No, porque por más baños de pureza que quieras darte tienes que saber que fuiste, también, Maximiliano el sordo, Maximiliano el inmisericorde, y así como Napoleón el Grande le negó a Josefina la gracia que le pidió por el Duque de Enghien, y Luis Napoleón a Eugenia la gracia que le pidió por Orsini, y Enghien murió fusilado y Orsini en la guillotina, y así como tu hermano Francisco José le negó la gracia que de rodillas le pidió la mujer del conde rebelde Luis Batthyany y el conde se abrió las venas en la víspera de su ejecución, así también tú no supiste perdonar a quien atentara contra tu vida o contra tu Imperio. Fuiste Maximiliano el inflexible. Maximiliano el rencoroso. Y porque no perdonaste a García Cano, los mexicanos no te perdonarán nunca. Fuiste, también, Maximiliano el ridículo porque cuando se casó el Mariscal Bazaine le enviaste una carta escrita en papel color de rosa, y Maximiliano el incrédulo porque no le hiciste caso a Détroyat cuando te advirtió que todos te iban a abandonar, Maximiliano el imprevisor, Maximiliano el abandonado, y Maximiliano el ciego porque le escribiste a Napoleón diciéndole que en México había sólo tres clases de hombres: los viejos testarudos, los jóvenes ignorantes y los extranjeros mediocres o aventureros sin porvenir en Europa, y no supiste ver que tú reunías, en una sola persona, los defectos de los tres. Fuiste, también, Maximiliano el embustero, porque a mi regreso de Yucatán sollozaste en mis hombros, en San Martín Texmelucan, por la muerte de mi padre Leopoldo, y te enfureciste con el Arzobispo Labastida porque no quería oficiar un servicio fúnebre solemne por el descanso de su alma alegando que había sido luterano, tú, Maximiliano, que tras rendirle pleitesía a mi idolatrado padre y declararme el amor que nunca tuviste por mí, hablaste a nuestras espaldas de lo que llamaste la rapacidad invencible de mi padre y dijiste que era un viejo avaro y que te alegrabas de haberlo obligado al fin a separarse, dijiste, de una pequeña parte de lo que más caro le era en el mundo, sin darte cuenta que era yo, su dulce Marie Charlotte, su pequeña Princesa de los ojos castaños, lo que más adoraba en la tierra, y así se lo dijo a todo el mundo, a mi tía la Condesa de Nemours le dijo en una carta que yo era la flor de su corazón, me lo dijo a mí y me vaticinó que sería una de las princesas más bellas de Europa y que ojalá eso me hiciera feliz, me juró que yo era lo que más quería en su vida y no el ajuar, las joyas, la platería, los cien mil florines de mi dote que le arrebataste a mi padre, los trescientos ocho mil francos que el Conde Zichy depositó en Viena para afianzar nuestro matrimonio y porque mentiste, también, Maximiliano, cuando le dijiste a Francisco José que tendrías que hacer el gigantesco, inconcebible sacrificio de renunciar a todos tus derechos de la Casa de Austria porque habías ya dado tu palabra a un pueblo de nueve millones de almas que había vuelto sus ojos hacia ti, mentiste porque lo que más te interesaba entonces no era ese pueblo que nunca te había llamado y que ni siquiera sabía de tu existencia: lo único que deseabas era que tu Imperio no naciera muerto y no perder una corona antes de que ciñera tus sienes rubias, de la misma manera que en una carta a tu madre la Archiduquesa Sofía le mentiste al decirle desde Milán que si no hubiera sido por tus principios religiosos ya habrías abandonado el gobierno de las provincias lombardovénetas: porque más que Dios y la Iglesia y la religión te importaba entonces seguir aferrado con las uñas a ese andrajo del Imperio Austríaco que nos dio tu hermano como un hueso arrojado a los perros, y por eso ni Dios ni la Iglesia ni tus súbditos de Lombardovéneto te perdonarán jamás, como tampoco nunca perdonarán los italianos y los húngaros al Príncipe que en Nápoles se condolió de los prisioneros de ropas escarlata cargados con pesadas cadenas que reparaban las murallas de la fortaleza, y que en Gibraltar se conmovió con los presos a quienes los ingleses obligaban a cargar unas enormes bolas de hierro y a caminar con ellas y ponerlas en el suelo y levantarlas de nuevo para colocarlas donde estaban, y que cuando el General Haynau sofocó a los rebeldes húngaros del cuarenta y nueve, y cuando los soldados de Austria masacraron a los mártires de Belfiore, no dijo esta boca es mía porque entonces el Príncipe estaba, estabas tú, Maximiliano, más interesado en enviar corsages de flores a las condesas y en hacer cabriolas con un semental Lipizzaner en la Escuela Española de Equitación de Viena, que en el hambre de libertad de los pueblos sojuzgados por los Habsburgo. Pero fuiste también muchas otras cosas, y se lo tengo que decir al mundo. Te lo tengo que decir a ti. En tu celda del Convento de las Teresitas leíste la Historia de Italia de César Cantú y el Romancero de Heine: fuiste Maximiliano el ilustrado. Maximiliano el comprensivo porque le perdonaste al Padre Fischer que tuviera varios hijos naturales desperdigados por el mundo. Y porque planeaste enviar al Príncipe Salm Salm a los Estados Unidos con un millón de dólares para comprar el reconocimiento de los americanos, fuiste, Maximiliano, Maximiliano el iluso. Fuiste Maximiliano el orgulloso porque rechazaste la oferta del Coronel López de esconderte en la casa del Señor Rubio. Maximiliano el hipócrita porque le pediste a Salm Salm que te matara si estabas en peligro de caer preso, y sabías que el príncipe jamás se atrevería a hacerlo. Maximiliano el filósofo que unos años antes escribiste en tu lista de aforismos que quien no tiene miedo a la muerte ha avanzado mucho en el arte de vivir, y Maximiliano el artista, en el arte de vivir, que el dieciséis de junio de mil ochocientos sesenta y siete, exclamaste que morir era más fácil de lo que imaginabas, y que durante el sitio y en lo más granado de los intercambios de fuego y de pie en las trincheras con tu catalejo de marinero y como desde lo alto de un castillo de proa, exploraste todo el horizonte a la redonda, Maximiliano el heroico. Maximiliano el ingenuo que, ya preso, te divertías enviando al Príncipe Salm Salm mensajes escondidos en mendrugos de pan, en tanto recibías del capellán militar Aguirre otros mensajes ocultos en cigarrillos, y de nuevo Maximiliano el mentiroso porque le escribías al prefecto de Miramar para contarle que no tenías a tu lado «sino mexicanos», y te olvidabas de la existencia de Salm Salm y Basch, del mayor de caballería Malburg, de los oficiales Swoboda y Fürstenwärther, del Mayor Pitner y el Capitán Curié, del Mayor Görwitz, del Teniente de Artillería Hans, del Conde Patcha y del General Morett, de Tüdös, de Grill, Schaffer, Günner, Khevenhüller, Hammerstein y Wickenburg. Fuiste también Maximiliano el deportista porque jugabas boliche y billar en el Casino de Querétaro. Maximiliano el afortunado a quien las señoras de Querétaro le llevaron a la prisión tanta ropa blanca como jamás, dijiste, habías tenido en toda tu vida. Maximiliano el desprendido porque llenabas de moneditas de cobre y plata las manos de las mendigas que te acosaban frente al casino de la ciudad, y que no eran otras que las mujeres de tus propios soldados. Maximiliano el romántico porque a tu llegada a Querétaro instalaste una oficina secreta en una cueva escondida al pie del Cerro de las Campanas, de la que salió huyendo una pareja de enamorados, espantada. Maximiliano el paciente porque jugabas también dominó con tus oficiales nada más que para complacerlos, porque el dominó te aburría soberanamente. Maximiliano de nuevo el magnánimo porque rompiste en pedazos una lista con los nombres de los oficiales de tu ejército que planeaban desertar o traicionarte durante el sitio. Maximiliano el agradecido porque condecoraste a Inés Salm Salm con la Orden de San Carlos que sin embargo no pudiste darle, ya que no la tenías en Querétaro pero que, Maximiliano el atento, se la describiste a la princesa caballista: una pequeña cruz de esmalte blanco, adentro verde, que dice Humilitas en el anverso y San Carlos en el reverso y se cuelga con un listón carmesí. Maximiliano, por último, el cultivado, porque al General Castillo le hablabas del fino aguamanil del templo queretano de Santa Rosa, y a Blasio de las gárgolas con cabeza de medusa de La Casa de los Perros, y al General Méndez y con los ojos cerrados, Maximiliano el memorioso, le describiste Querétaro y sus alrededores: al norte San Gregorio y San Pablo, abajo la Cuesta China y la Cañada, atrás el Cimatario, hacia el confín occidental el Cerro de las Campanas. ¿Cómo es posible, dime, Max, que los mexicanos no recuerden todo lo que fuiste, cómo es posible que en México no se hayan dado cuenta de lo noble y generoso que eras? ¿Cuándo antes en ese país de salvajes un gobernante se había preocupado tanto como lo hiciste tú por las artes y las letras y la gloria de sus héroes? ¿Cuándo nadie había amado tanto como yo a esos indios miserables de los que hasta Juárez se olvidó? ¿Cuándo antes esa gente había tenido un Emperador de ojos azules como el cielo que por ellos sufriera hambres y fiebres y disenterías y estuviera dispuesto a verter su sangre, a dar su vida, como lo hiciste, por ellos, por su libertad y su soberanía, por la grandeza de esa su Patria a la que hiciste tuya? ¿Cuándo jamás habían soñado los mexicanos que tendrían una Reina por cuyas venas corría la sangre de San Luis Rey, el monarca católico más íntegro de la historia, jefe de dos cruzadas contra los infieles, y la sangre de los Borbones de Francia y los Borbones de España y los Borbones de Italia, la misma que corrió por las venas de Luis Trece y Enrique Cuarto de Francia, de Felipe Igualdad el fundador de la monarquía basada en la voluntad del pueblo, del Duque de Orleáns el ilustrado que fue asesinado por Juan Sin Miedo, del poeta Carlos de Orleáns que fue prisionero de los ingleses tras la Batalla de Azincourt, cuándo, dime se imaginaron que por las venas de esa Emperatriz de piel blanca como el loto hincada en la tierra para colocar las primeras piedras de sus escuelas corría la misma sangre que corrió por las venas de Isabel Farnese y del Rey Sol, de Eleanora de Aquitania, de María Teresa de Austria y de Blanca de Castilla? ¿Cuándo, dime, supieron los mexicanos que cuando me casé contigo tenía yo una inmensa fortuna de más de dos millones ochocientos mil francos en valores belgas y americanos, ingleses, prusianos, franceses y rusos, y que de Bruselas me llevé a Miramar veintitrés collares y entre ellos uno que valía más de doscientos mil francos, treinta y cuatro brazaletes y entre ellos uno que tenía, rodeado de brillantes, el retrato de mi padre Leopoldo, el sabio Rey de Bélgica del que Napoleón el Grande dijo en la Isla de Santa Elena que era el oficial más apuesto que jamás hubiera pisado las Tullerías, además de cincuenta y un broches y once anillos y trescientas sesenta blusas, setenta y dos gorros de dormir, setenta y siete batas, ochenta y un chales, cuatrocientos ochenta pares de guantes, doscientos quince pañuelos, doscientos ochenta y ocho pares de medias y cien pares de zapatos además de un par de los zapatos que usaba yo cuando tenía cinco años y que dejé en México junto con los rubíes de Birmania y el fistol que nos dio tu hermano y nunca los volví a ver? ¿Y cuándo antes, dime, habían visto esos indios una carroza imperial y dorada recorriendo los caminos bordeados con nopales y magueyes, cuándo a uno de sus presidentes o dictadores lo pintaron Velázquez o Tiziano, cuándo esos bandidos muertos de hambre habían tenido como jefe a un Mariscal de Francia con un bicornio de plumas blancas, cuándo esos desgraciados, dime, habían visto a un húsar cortando cocos con el mismo sable con el que había cortado las cabezas de los turcos, cuándo habían siquiera imaginado lo que era el fausto, el esplendor de un Imperio europeo, cuándo, dime, habían tenido un gran chambelán de la corte, un Kapellmeister, cien dragones de la Emperatriz, cuándo jamás habían visto a un lacayo con librea de terciopelo púrpura comprando chichicuilotes en el mercado de Santa Anita, cuándo se imaginaron, dime, que el Príncipe que en el Lombardovéneto saneó las lagunas de Venecia y desecó los pantanos para combatir la malaria, amplió los paseos de Milán, construyó una nueva plaza entre la Scala y el Palacio Marino, restauró la Biblioteca Ambrosiana, irrigó con las aguas del Ledra las llanuras de Frioul, cuándo, dime, soñaron que ese mismo Príncipe: Maximiliano el sabio, Maximiliano el liberal, Maximiliano el mecenas, Maximiliano el heredero del Sacro Imperio Romano, Maximiliano el descendiente de la dinastía más grande y más importante de la historia, porque si fueron cuatro los monarcas que tuvieron los Borbones de Nápoles y cuatro los Hohenstaufens, cinco los Bonaparte, seis los Tudor, siete los Borbones de Francia, nueve los Hohenzollern, diez los Estuardo y diez los Borbones de España, once los Hannover-Windsor, doce los Saboya, trece los Valois, catorce los Plantagenet, quince los Braganza y quince los Capeto y dieciocho los Romanov, fue la Casa de Austria, la Casa de Habsburgo, tu casa, Maximiliano, la única que le dio al mundo veintiséis monarcas, y de ellos veintidós emperadores y cuatro soberanos de la rama española de los Habsburgo además de cuatro reinas a Europa, cuándo se dieron cuenta, te decía, los mexicanos, que uno de esos emperadores era el mismo que tenían allí, el mismo Emperador de barba dorada acostado en una hamaca bajo la sombra encendida de los flamboyanes en flor que bebía toda la tarde vino de Jerez y vino del Rhin en copas de cristal de Bohemia, Maximiliano el sibarita, y comía en vajillas de Limoges, Maximiliano el elegante, y paseaba, del brazo del Comodoro Maury, bajo los candelabros que mandaste traer de Venecia, y contemplaba los tapices colgados en la sala de música del Castillo de Chapultepec que ilustraban las fábulas de La Fontaine, y meditaba, Maximiliano el pensador, sentado en una silla Luis Quince, junto a los vitrales de Ceres y Pomona, Flora y Diana que ordenaste se hicieran para bañar los corredores del castillo con la luz de las leyendas griegas, cuándo, dime, se dieron cuenta que uno de esos emperadores Habsburgo fue el mismo que por las noches tocaba a las puertas de las panaderías de la ciudad de México, Maximiliano el incógnito, el mismo que cruzó a caballo y con el agua hasta la cintura, el Río Jamapa, Maximiliano el audaz, el mismo que en la cumbre de la Pirámide del Sol se propuso ser el nuevo Justiniano, el nuevo Solón de América, Maximiliano el ambicioso? Ay, Maximiliano: a veces pienso que jamás perdonaré a los mexicanos.