Noticias del Imperio by Fernando del Paso — Read

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El Archiduque Maximiliano se encontraba esa tarde tranquila y soleada en el Salón de las Gaviotas del Castillo de Miramar en las cercanías de Trieste, la vieja ciudad en cuya catedral, San Justo, fueron sepultados tantos pretendientes carlistas que nunca realizaron su sueño de ser reyes de España. El Archiduque estaba de pie junto a un atril que sostenía un mapa de la República Mexicana montado en cartón. A un lado, en una mesa, había una pequeña caja de laca con incrustaciones de plata, llena de alfileres marcadores.

Miramar, o Miramare en italiano, se llamaba así, por supuesto, porque miraba al mar: al Adriático, que quizás es el más azul de todos los mares, aunque se antoja de un azul cuajado y frío. Un día, cuando Maximiliano viajaba a bordo del buque de guerra «Madonna della Salute», tuvo que buscar refugio, ante la inminencia de una tormenta, en la Bahía de Grignano, donde pernoctó en la humilde casa de Daneu, un pescador. Allí, en un promontorio decidió Maximiliano edificar el palacio de sus sueños, y le encomendó los planes y la obra al arquitecto Cario Junker, quien inició la construcción en marzo, 1856. Fue éste el mismo castillo a cuyas torres blancas se refería el poeta Carducci, como enfoscadas por nubes que llegaron con el vuelo de ángeles siniestros. De estirpe romántica en su estilo, se considera a Miramar como uno de los ejemplos más singulares y completos «di residenza principesca del pieno Ottocento»: de residencia principesca de pleno siglo XIX. El Archiduque cogió un alfiler de cabeza plateada y lo clavó en el lugar del mapa correspondiente al estado de Sonora.

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