Noticias del Imperio by Fernando del Paso — Read

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¿O lo que tú quieres es que todo el mundo sepa que Maximiliano y Carlota nunca hicieron el amor en México y que jamás volvieron a acostarse en el mismo lecho desde aquella primera noche que pasaron en el Palacio Imperial cuando las chinches los devoraron y el Emperador tuvo que levantarse para ir a dormir a una mesa de billar y dejó a la Emperatriz sentada en un sillón, sola, rascándose hasta hacerlas sangrar las ronchas fétidas, y que así, sola, la Princesa que con un manto de púrpura cruzó el mar para reinar en el Nuevo Mundo y que se encontró con la nada, sí, con la pura nada y la abulia y la desidia mexicanas, sola se quedó esa noche y mil más, sola y con las chinches y con los ojos fijos en esa peluquera de plata que me habían regalado esas indias que tuvieron el atrevimiento de abrazarme y fumar en mi presencia, y que creían que con ponerse miriñaques almidonados y faldas de seda y colgarse brillantes de las orejas se habían transformado en damas dignas de mi nueva corte de la misma manera que tú, tonto de ti, tontino Max, pensaste que con llevar a México gobelinos, pianos de ébano con incrustaciones de oro y vajillas de Limoges sólo con eso ibas a hacer una residencia imperial de ese horrible edificio, esa caserna a la que llamaban palacio los mexicanos, y donde me quedé sola tantas noches, sola allí en ese cuartel, y sola después en el Alcázar de Chapultepec y en el Albergo di Roma sola y sofocado mi pecho por el desprecio y el odio, por tu abandono, Max, llenos mis brazos y piernas de costras, secos mis labios por tanta saliva derramada por la boca abierta cuando pensaba en la piel de mi idolatrado Max, la piel que tanto hubiera deseado besar, recorrer con la boca y con la lengua, la piel blanca que te cubría la cara y los hombros, los muslos, besarla y llenarme la boca con ella, Maximiliano, que Dios me perdone, como lo quise hacer también en Italia la noche aquella en la que los aristócratas italianos despreciaron nuestra invitación a la Scala y mandaron a sus criados vestidos de negro a sentarse en los palcos para humillarnos, y cuando regresé al Palacio Ducal yo quise entregarme a ti, hacer el amor hasta que nos sorprendiera el sol reflejado en las cúpulas doradas de San Marcos, nada más que para demostrarles a esos insolentes: a los Dandolo, los Borromeo, los Adda, los Maffei y los Litta y demostrarte a ti que tú y yo solos nos bastábamos y nos bastaríamos siempre, yo desnuda y bocarriba y tú dentro de mí para siempre, así hasta que nos sepultaran?

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