Explore "Noticias del Imperio" by Fernando del Paso on Textopian. Read with annotations and highlights.
Sí, Maximiliano, fue la mentira, fueron las mentiras, las que nos perdieron. Tengo aquí, Max, en mi recámara de Bouchout, un cofre lleno de mentiras que me trajo el mensajero. Algunas mentiras son tan inocentes, que se parecen a la paloma de Concha Méndez: si levanto la tapa del cofre se escapan y cuando quiero pescarlas por la punta de un ala se vuelven nada, como se me deshizo en las manos, en cenizas, la carta de papá Leopoldo. Hay mentiras saladas y fosforescentes, Maximiliano, como las aguas del mar que llevaron a la Novara hasta las costas de México. Hay mentiras piadosas, como los inditos mexicanos que cada día de San Juan se disfrazaban de hulanos y cada Viernes Santo de Herodes y Pilatos, de Cristo y la Magdalena. Hay, también, mentiras que jamás te perdonaré. ¿O pretendes que me olvide de la noche que pasamos en Puebla, en que te indignaste porque nos tenían preparado un lecho matrimonial, y ordenaste que te pusieran un catre en otra habitación, y te fuiste a ella a pasar la noche bajo un cuadro que ilustraba una cárcel, mientras yo me quedé sola también, bajo la pintura de un hospital? ¿Te acuerdas, Maximiliano? Y eso me lo hizo quien dijo quererme tanto. Otras son mentiras apretadas de mentiras, como esas granadas cardelinas de Teziutlán que eran como racimos de gotas de sangre cristalizadas. Otras, se esconden en las páginas de los libros y se secan, pierden el perfume y los colores con los que un día nos sedujeron, como las hojas de los mirtos y las brionias de las guirnaldas con las que me recibieron en Ragusa, y que guardo aquí, en el cofre, entre las páginas del álbum con once mil firmas que nos dieron los habitantes de Trieste para desearle buena suerte en México a su antiguo Virrey y su antigua Virreina de las provincias lombardovénetas: eso también fue mentira: ¿qué podían, los triestinos, sino desearles el fracaso a quienes representaron a los dominadores austríacos que hicieron que se pudriera quince años en un calabozo el patriota italiano Confalonieri? Pero creímos en ellos, en su amor y su bondad, y por eso nos perdimos.
Otras mentiras son como cintas de colores con las que trenzo mis cabellos, con las que hago moños para las perillas de puertas que se abren a los lugares que menos te imaginas: una da a la Sala del Trono de las grutas de Cacahuamilpa. Otra a la Sala del Gran Trianón donde fue juzgado por traidor a Francia el Mariscal Bazaine. Otra puerta da a las pilastras corintias de Saint Cloud donde se levantaban las esculturas de La Fuerza y La Prudencia: pero todo eso es y fue mentira: la fuerza y la prudencia se hicieron polvo con los cañones de acero del General Moltke, y al miserable de Bazaine, aunque merecía morir así, deshonrado y en el exilio por todo el daño que nos causó en México, se le hizo chivo expiatorio para ocultar la vergüenza de Mac-Mahon el Duque de Magenta, por cuya torpeza Francia, la cuna de mi abuelo, perdió Alsacia. Y ese trono, ah, ese trono de cristales irisados que resplandecía en la oscuridad de la gruta, que destellaba a la luz de las antorchas, estaba tapizado de estalagmitas tan puntiagudas como esas bayonetas con las que al fin y al cabo, Maximiliano, te cortaste las nalgas.