El americano tranquilo by Graham Greene — Read

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La mañana en que Pyle llegó a la plaza junto al Continental yo estaba ya harto de mis colegas de prensa norteamericanos, corpulentos, ruidosos, jovenzuelos y de mediana edad, siempre con cuchufletas agrias contra los franceses, que eran, después de todo, los que luchaban en esta guerra. Periódicamente, después de que hubiera acabado limpiamente alguna maniobra y los heridos y muertos hubieran desaparecido de la escena, se les llamaba a Hanói, a casi cuatro horas de vuelo, donde se dirigía a ellos el comandante en jefe, se les alojaba durante una noche en un campamento para la prensa donde alardeaban de tener el mejor barman de Indochina, se les llevaba volando por encima del último campo de batalla a una altura de mil metros (el límite de alcance de una batería pesada), y luego se les devolvía sanos y salvos, con todo su bullicio, como sí regresaran de una excursión de colegio, al hotel Continental de Saigón.

Pyle era tranquilo, parecía modesto; en alguna ocasión ese primer día tuve que inclinarme hacia adelante para captar lo que decía. Y era muy, muy serio. Algunas veces parecía encogerse en su interior ante el ruido de la prensa norteamericana en la terraza de arriba. La terraza considerada popularmente la más segura trente a las granadas de mano. Pero no criticaba a nadie.

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