El americano tranquilo by Graham Greene — Read

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Desde el campanario de la catedral la batalla era solamente pintoresca, fija como un cuadro de la guerra de los boers en un viejo número de Illustrated London News. Había un avión lanzando suministros en paracaídas a un puesto aislado de las calcaires[27], aquellas extrañas montañas erosionadas por la intemperie en la frontera de Annam que parecen montones de piedra pómez, y al tener que volver siempre al mismo sitio para el lanzamiento, parecía que nunca se movía, y que el paracaídas estaba siempre allí, en el mismo lugar, a mitad de camino hacia la tierra. Desde la llanura surgían siempre iguales los estallidos de los morteros, el humo sólido como las piedras, y en el mercado ardían pálidamente las llamas a la luz del sol. Las diminutas figuras de los paracaidistas se movían en una sola hilera a lo largo de los canales, pero a esta altura parecían estacionarias. Incluso el cura, sentado en una esquina del campanario nunca cambiaba de posición mientras leía el breviario. Desde esa distancia la guerra era muy ordenada y limpia.

Yo había llegado de Nam Dinh antes del amanecer en una balsa, No pudimos desembarcar en la estación naval porque estaba cortada por el enemigo que rodeaba completamente la ciudad en un radio de seiscientos metros, así que la embarcación llegó cerca del mercado en llamas. Éramos un blanco fácil a la luz de las llamas, pero por alguna razón nadie disparó. Todo estaba tranquilo, a excepción del desmoronamiento y crujido de los puestos que ardían. Pude oír hasta los pasos de un centinela senegalés que hacía la guardia al borde del río.

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