El americano tranquilo by Graham Greene — Read

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No es fácil la primera vez que vuelve uno a encontrarse con la persona que -como suele decirse- te ha salvado la vida. No había visto a Pyle durante el tiempo que pasé en el Hospital de la Legión, y su ausencia y silencio, fácilmente comprensibles (porque él era más sensible que yo ante las situaciones embarazosas), me preocupaban a veces de manera irracional, de modo que de noche, antes de que me calmara el somnífero me lo imaginaba subiendo las escaleras de mi piso, llamando a la puerta, durmiendo en mi cama. Había sido injusto con él en eso, y por ello había añadido cierto sentimiento de culpabilidad a mis otras obligaciones más formales. Y supongo que estaba, además, la culpabilidad de mi carta (¿qué distantes antepasados me habían legado esta conciencia estúpida? Seguro que ellos no la tenían cuando violaban y mataban en su mundo paleolítico).

A veces me preguntaba si debía invitar a mi salvador a cenar, o si debía sugerirle un encuentro para echar un trago en el bar del Continental. Era un problema social fuera de lo común, que dependía quizá del valor que uno le atribuyera a la propia vida. ¿Una comida y una botella de vino, o un whisky doble?. había estado preocupado durante días hasta que el mismo Pyle resolvió el problema, al acercarse gritándome a través de la puerta cerrada. Estaba durmiendo la siesta una tarde calurosa, agotado por los esfuerzos que había hecho con la pierna por la mañana, y no había oído cómo llamaba a la puerta.

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