El americano tranquilo by Graham Greene — Read

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Dejé una nota en la Legación invitando a Pyle y después subí por la calle hasta el Continental para tomar una copa. Los escombros habían desaparecido; los bomberos habían limpiado la plaza con mangueras. No tenía ni idea entonces de lo importantes que serían la hora y el lugar. Llegué a pensar incluso en quedarme sentado allí toda la tarde y romper la cita. Pensé después que quizá podía asustar a Pyle y así dejarlo inactivo al advertirle sobre el peligro que corría -cualquiera que fuera ese peligro, de modo que me terminé la cerveza y me fui a casa, y cuando llegué a casa empecé a concebir la esperanza de que Pyle no se presentara. Intenté leer, pero no había nada en los estantes que ocupara mi atención. Quizá debería haber fumado, pero no había nadie que me preparara la pipa. Escuchaba sin ganas por si se oían pasos, y al fin llegaron. Alguien llamó a la puerta. La abrí, pero era sólo Domínguez.

-¿Qué quiere, Domínguez? -le pregunté.

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