Explore "El tercer hombre" by Graham Greene on Textopian. Read with annotations and highlights.
«Lo que en seguida me cayó mal en él», me contó Martins, «fue su bisoñé. Era uno de esos bisoñés imposibles de disimular: liso y amarillo, con el pelo cortado en línea recta sobre el cogote y que no se ajustaba bien. Tiene que haber algo de falso en un hombre que lo acepta graciosamente la calvicie. Tenía también uno de esos rostros en los que las arrugas han sido colocadas cuidadosamente, como un maquillaje, justo donde deben estar: para expresar encanto, fantasía, arrugas en el rabillo de los ojos. Parecía diseñado para gustar a colegialas románticas».
Esta conversación tuvo lugar unos días más tarde: me contó toda su historia cuando la pista casi había desaparecido. Estábamos sentados en la misma mesa de «La vieja Viena» que había ocupado Aquella mañana con Kurtz, y cuando hizo ese comentario sobre las colegialas románticas vi que sus ojos acosados se fijaban en algo repentinamente. Era una chica, igual que cualquier otra chica, pensé, que pasaba apresuradamente allá afuera, bajo la fuerte nevada.