Explore "El tercer hombre" by Graham Greene on Textopian. Read with annotations and highlights.
Cuando me dejó. Martins se fue a coger una borrachera impresionante. Escogió para hacerlo el Oriental, aquel cabaret pequeño, deprimente y lleno de humo, con fachada de imitación oriental. Las mismas fotografías con semidesnudos en la escalera, los mismos norteamericanos medio borrachos en el mostrador, el mismo vino malo y las mismas extraordinarias ginebras: podía estar en cualquier tugurio nocturno de tercera categoría en cualquier otra capital harapienta de una harapienta Europa. En determinado momento de la desesperada madrugada apareció la Patrulla Internacional a echar un vistazo, y un soldado ruso, al verla, se dirigió como una flecha hacia las escaleras con la cabeza agachada y ladeada como una alimaña de los campos. Los norteamericanos ni siquiera se movieron y nadie se metió con ellos. Martins tomó copa tras copa; probablemente hubiera tomado también a una mujer, pero todas las chicas del cabaret se habían ido a casa y no había más mujeres que una hermosa periodista francesa de rostro sagaz, que le hizo un comentario a su acompañante y se quedó desdeñosamente dormida.
Martins siguió la ronda: en Maxim's había unas cuantas parejas que bailaban sombríamente, y en un lugar llamado Chez Víctor la calefacción estaba averiada y la gente bebía sus cócteles con los gabanes puestos. Para entonces bailaban manchas ante los ojos de Martins y se sentía oprimido por la soledad. Volvió a pensar en la chica de Dublín y en la de Ámsterdam. Eso era algo que no le fallaba nunca: la copa a secas, el simple acto físico: no hay que esperar fidelidad de las mujeres. Su mente daba vueltas en círculos: del sentimiento a la lujuria, para volver de nuevo de la creencia al cinismo.