Explore "Los muros de agua" by José Revueltas on Textopian. Read with annotations and highlights.
Rosario giró la vista en su torno examinando el estrecho camarote y una litera sucia y revuelta, la única que estaba ahí, con unas mantas grises, de soldado. Por la claraboya alcanzó a distinguir el puerto -Manzanillo, tan pequeñito, como de juguete- y más tarde, a medida que el barco avanzaba produciendo un ruido particular, los muelles blancos, higiénicos, modernos, de la California Standard Oil. El paisaje mudaba, alterando caprichosamente los puntos cardinales. Lo que antes se mostraba a la derecha de pronto se volvía de lado, colocándose a la izquierda, para desaparecer luego en medio de una bruma fácil, ligera, que más bien parecía un vaho tierno, ligeramente azul.
Corrió el pestillo de la puerta y frente al espejo mordido por el óxido, de luna vaga y rota, se examinó el rostro pálido. Tenía unas cejas finas y altas, debajo de una frente comba, enérgica, enormemente agradable. Los ojos eran castaños y profundos, la boca grande, y tan perfecta como un dibujo en mitad de la figura oval que hacía la cara, rematada por un mentón suave, infantil, prodigiosamente ingenuo. Como en los frutos artificiales, de cera, que se transparentan un poco y sobre los cuales, después de algún tiempo, el polvo se agrupa en manchas, así advirtió Rosario sobre su rostro pequeñas zonas de mugre que resaltaban sobre la palidez, como nubes sucias, encima de un cielo blanco, de agua. No le importó mucho el detalle y a lo más experimentó unos vagos deseos de encontrar agua con que asearse. Mas el camarote era un sitio en desorden, pobre, de barco pequeño y casi en ruinas, donde no había un servicio así. «¡Y camarote de oficiales. ! », se dijo Rosario con desprecio. Luego volvió hacia la litera y sin arreglar siquiera las mantas se dejó caer, fatigada, clavando la vista en el techo. Era un techo de acero, con grandes remaches, como hongos. ¿Cómo podía un barco -de hierros, de maderas, de cables-, tan pesado, nadar en las aguas? Un misterio de la física oceánica, un misterio que, acaso, resolverían los números, las ecuaciones, las raíces cúbicas, algo que nunca fue el fuerte de Rosario en la escuela. La maestra de matemáticas era una mujer pequeñita, angulosa, como un costal relleno de escuadras cuyas puntas salían por todos lados, por los hombros, por las caderas, por las costillas. Repetía con una voz aguda y chillona la fórmula de la circunferencia y aquello sonaba tan extraño que era extremadamente difícil penetrar el sentido -de pronto místico, absurdo- de lo que se quería explicar. «Pi, por R al cuadrado», luego «tres, catorce, dieciséis». ¿Por qué aquella propensión desoladora al infinito? ¿Por qué tantas fracciones, tantas aproximaciones casi exactas, que dejaban a la inexactitud, sin embargo, como una entidad obsesiva, eternamente presente y reiterada? Lo más atractivo del curso de matemáticas era Damián Escalona, cuyas observaciones llenas de justeza y de gracia, constituían el eje del asombro. Porque nada más placentero -era como el gusto a la inteligencia, a la capacidad- que ver a Escalona, erguido sobre su banco, explicándose sensatísimamente, con elegancia extraordinaria, sobre problemas de números (aunque después comprendió Rosario que los buenos alumnos de matemáticas resultan, a la postre, unos canallas). La pequeña maestra se irritaba ante la brillantez de Escalona y esto hacía que el muchacho ganase simpatía en la clase.