Explore "Los muros de agua" by José Revueltas on Textopian. Read with annotations and highlights.
El cabo Maciel se apoyaba sobre la pierna flexionada, mientras con el fuete removía las yerbecillas, pensando en cosas intrascendentes. A sus espaldas formaban los colonos para la lista de seis, en la tarde. Haciendo un grupo aparte estaban los de la última cuerda, medrosos y abatidos, con señales de profundo cansancio en el rostro. Se les había repartido por igual en las cuadrillas de «hacheros», y de «ixtleros», y según sus ojos llenos de inquietud, que eludían las miradas de los cabos de cuadrilla, y según su manera de no encontrar sitio adecuado en las filas, ora distendiendo la pierna derecha, ora cruzando los brazos o intentando meter las manos en las inexistentes bolsas del uniforme, era posible darse cuenta de que no habían terminado la tarea. Aguardaban con espanto a que el cabo Maciel se volviera, dándoles la cara, e imaginaban ya los gestos iracundos, las imprecaciones violentas, el castigo implacable. Pero Maciel continuaba inclinado, sin apartar la vista de las yerbas y los insectos que, ahí abajo, a sus pies, vivían su simple existencia, tan llena, sin embargo, de misterio: hormigas rojas y grandes, caminando con empeño insensato; escarabajos ceñudos que arrastraban con sus tenacillas botines inmensos; culebrillas de agua, fugitivas, filtrándose por entre las piedras. Con silencioso espanto pudo advertir Maciel, bajo el musgo verde y espeso, los dos puntos rojos del cancle, insecto peligroso y terrible, único, al parecer, en la Isla. Recordó a los picados de cancle, cómo perdían el habla, de una manera súbita y cómo, en un plazo de sesenta minutos morían, congestionados, negros. No quiso moverse ni respirar: las alimañas en cuestión eran veloces, parecían tener pensamiento y revolvíanse con rabia, zigzagueando. Adelantó el pie con cautela y lentitud, en una lucha fantástica, empeñada entre dos silencios, entre dos prevenciones, entre dos acechanzas. El temible cancle no acertó a hacer movimiento alguno cuando ya el pie de Maciel lo había aplastado sin misericordia.
Al advertir el negro animal deshecho bajo sus plantas, Maciel experimentó un placer intenso, superior al hecho mismo de haber dado muerte a un enemigo tan, a pesar de todo, vulnerable. Otros eran los enemigos que Maciel hubiese querido tener bajo sus pies, aplastados. Otros que se habían clavado en su existencia firmemente y no se separaban de ahí, hostiles, imborrables. Porque su vida estaba rodeada por el odio; en ningún sitio existía para él amistad o cariño o estimación o amor: sólo una gruesa capa de odio y miedo que lo separaba de los hombres, que lo refundía hasta sepultarlo en los sentimientos más últimos y en las más últimas palabras. Una sola vez en la vida estuvo a punto de encontrar la esperanza anhelada: era una mujer, pero una de esas mujeres capaces de arrastrar al hombre hasta los peores abismos, que carecen del menor sentido humano y proceden con una inconciencia monstruosa, fría, gozándose en el naufragio de quien las ama. Por otra parte, un caso harto explicable y que, estudiado con detenimiento, perdía el carácter melodramático que el propio Maciel le daba. ¿Pues hasta dónde puede llegar la inconciencia, la inhumanidad de una mujer, que al fin, tarde o temprano, es vencida por el más insospechado de los amantes, a veces por el último y el que aparentemente menos significa? El Charro había resultado vencedor en la pelea, hace algunos años, en «la calle», cuando nadie imaginaba que Maciel llegaría a ser un penado de las Islas Marías. Hoy el destino los reunía a ambos en la colonia penal. Y si para este último la desventura de Maciel había sido un puro incidente, para el cabo de Arroyo Hondo significaba, aún hoy, su vida entera y un deseo profundo, retenido y violento de venganza. ¡Se vengaría, sí! Aguardando, de ser preciso, la eternidad entera; no por el placer de inferir un dolor semejante al suyo, sino por la ambición misma de reelaborar su personalidad, de afirmarla, cuando ésta había sido deshecha en su más íntimo sentido, en sus más preciada esencia.