La invención de América by Edmundo O'Gorman

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Con toda evidencia, el hecho de considerar que Europa, Asia, África y América son semejantes en cuanto tierras continentes, es decir, como porciones de un todo sin solución de continuidad, no puede significar que sean iguales ni por su tamaño y forma, ni por las demás peculiaridades que las distinguen entre sí. Resulta, entonces, que la semejanza que permitió equipararlas tiene que remitir a algo que les sea común, pero de manera que no cancele sus diferencias individuales. Y en efecto, es obvio que si, con ser distintos, se estima que los cuatro continentes son semejantes, sólo puede ser porque, como porciones de un mismo todo, se supone que participan, por igual, de la naturaleza de ese todo. Se trata, por lo tanto, de cuatro entidades diferenciables por sus accidentes, pero semejantes por su índole, del mismo modo que lo son, pongamos por caso, cuatro hombres de distinta edad y condición que, a pesar de eso, son semejantes en cuanto se les postula una común naturaleza o, si se prefiere, un mismo tipo de estructura interna. Así vemos, entonces, que cuando en la Cosmographiae Introductio se afirmó que habían aparecido unas tierras antes desconocidas, pero que deben considerarse en su conjunto una de las "partes" del mundo a igual título que ya lo eran Europa, Asia y África, lo que se afirma en el fondo es que aquellas nuevas tierras son equiparables a éstas no sólo por su tamaño o importancia, sino porque todas participan de la misma estructura interna o, mejor dicho, porque todas están hechas de acuerdo con un mismo tipo o modelo, el tipo o modelo, en efecto, según el cual está hecho el todo del que esas entidades no son sino partes.

Estas reflexiones nos permiten afirmar, por lo tanto, que si se pudo equiparar a América con Europa, Asia y África fue no sólo porque se supuso, según ya vimos, la continuidad de la superficie terrestre, pese a la discontinuidad que parece imponerles el mar, sino, más profundamente, porque se supuso la unidad fundamental de esa superficie desde el punto de vista de su estructura interna o naturaleza. Pero si esto es así, comprendemos que el concepto de "continente", bajo cuya especie se nos entregó la idea de "partes" del orbe dentro de la nueva visión del mundo, trasciende la significación que tiene en el orden meramente geográfico, y así, en lugar de sólo aludir a unas porciones determinadas de la superficie terrestre consideradas como contiguas, aluda a esas mismas porciones, pero consideradas como unos entes dotados de una y la misma esencia o estructura, la estructura o esencia de las cosas físicas o naturales, según se la concebía en aquella época, puesto que la tierra de que son "partes" no es sino una de esas cosas. Se trata, pues, de unos entes no sólo equiparables sino semejantes, porque, para decirlo en términos de la época, los elementos que los constituyen son los mismos,[4] y así, las peculiaridades que ofrecen las nuevas tierras respecto a las ya conocidas en nada pueden alterar aquella común esencia.

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