Explore "La invención de América" by Edmundo O'Gorman on Textopian. Read with annotations and highlights.
En la multisecular y alucinante historia de los viajes que ha realizado el hombre bajo los impulsos y apremios más diversos, el que emprendió Colón en 1492 luce con un esplendor particular. No sólo se ha admirado la osadía, la inmensa habilidad y tesón del célebre navegante, sino también el inesperado desenlace le ha añadido tanto lustre a aquel legítimo asombro, que la hazaña se ha convertido en el más espectacular de los acontecimientos históricos. Un buen día, así se acostumbra relatar el suceso, por obra de inexplicada e inexplicable premonición profética, de magia o milagro o lo que sea, el rival de Ulises en la fama, el príncipe de navegantes y descubridor por antonomasia, reveló a un mundo atónito la existencia de un inmenso e imprevisible continente llamado América, pero acerca del cual, por otra parte, se admite que ni Colón ni nadie sabían que era eso. Probablemente es una desgracia, pero en la historia las cosas no acontecen de esa manera, de suerte que, por pasmoso que parezca, el viejo y manoseado cuento del primer viaje de Colón no ha sido relatado aún como es debido, pese al alud bibliográfico que lo ahoga. Queda para otra ocasión tentar fortuna al respecto, porque la economía que nos hemos impuesto obliga a sólo considerarlo en el esqueleto de su significación histórica, y para ello nos limitaremos a examinar el concepto que se formó Colón de su hallazgo y la actitud que observó durante toda la exploración, es decir, vamos a tratar de comprender el sentido que el propio Colón le concedió al suceso y no el sentido que posteriormente se ha tenido a bien concederle.
No hace falta abrumar con citas documentales, porque nadie ignora lo sucedido: cuando Colón avistó tierra en la noche entre los días 11 y 12 de octubre de 1492, tuvo la certeza de haber llegado a Asia o, más puntualmente dicho, a los litorales del extremo oriente de la Isla de la Tierra. Se trataba por lo pronto, es cierto, de sólo una isla pequeña; pero de una isla, piensa, del nutrido archipiélago adyacente a las costas del orbis terrarum del que había escrito Marco Polo, isla a la cual, dice, venían los servidores del Gran Kan, emperador de China, para cosechar esclavos, y vecina, seguramente, de la celebérrima Cipango (Japón), rica en oro y piedras preciosas. A esta última se propuso Colón localizar al día siguiente de su arribada.[9] En suma, sin necesidad de más prueba que el haber encontrado la isla donde la halló, con la circunstancia de estar habitada -y esto es lo importante-, Colón se persuadió de que había llegado a Asia.