Pocahontas by Manuel Sánchez Mármol — Read

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Si lo agradable tiene su ideal, nadie hasta hoy lo ha formulado, ni entrevisto siquiera. Fuera de las convenciones establecidas en literatura y en bellas artes, la humanidad aún no ha podido ponerse de acuerdo acerca de la noción del gusto: cada individuo posee el suyo particular. La estética ha sido inventada sólo para el uso de los sabios: ad usum sapientum, y, agreguemos por obligado complemento, de los pedantes. El vulgo continúa siendo tanquam tabula rasa, y los demás sentidos están abandonados a la anarquía más completa. Para el rudo habitante de Tumbuctú, la belleza femenil consiste en una piel negra lustrosa, cabellera lanuda en forma de esponja, nariz ancha y aplastada, labios revirados, senos colgantes a manera de nidos de oropéndola o de bengalí y sentaderas salientes en figura de grupa. Para el holandés, la bebida más deliciosa es el aguardiente de enebro; para el alemán, el lager beer, el té para el inglés; el jugo de palmera para el árabe del desierto; la suprema delicia del chino es embriagarse con opio; la del marinero, mascar tabaco y la de los curas, engurgitarse a sibaríticos sorbos una buena taza de chocolate hirviente. Junte usted en uno todos esos gustos, fúndalos en un patrón, y resultará el monstruo que nos pinta Horacio: Humano capiti. Los refranes son sentencias de universal sabiduría. De ahí la profunda verdad que encierra el De gusto nada hay resuelto, y este otro, que es su hermano gemelo: En gustos se rompen telas.

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