Explore "Pocahontas" by Manuel Sánchez Mármol on Textopian. Read with annotations and highlights.
La voz del mozo de servicio que me anunciaba estar preparado el té, vino a sacarme de la somnolencia en que había yo caído. Alcé la cabeza, abrí los ojos, y ¡oh sorpresa! , el mozo no era otro que el mancebo de cámara del Sea Foam. La silla en que me había dormitado era el sofá mismo desde el cual había yo escuchado los melodiosos acordes del piano, hábilmente pulsado por Pocahontas; el gabinete-dormitorio, la propia recámara de la gentil dama. Al través de las ventanillas percibí el pintoresco caserío de Minatitlán, empinado sobre las tres colinas que le sirven de asiento, y por la puerta-vidriera, que el muchacho al entrar había dejado abierta, se descubrían las azules tranquilas aguas del Coatzacoalco. El sol se aproximaba al ocaso, y sus moribundos rayos coloreaban los objetos de un tinte rojizo. Todo lo comprendí: el zarpar del Sea Foam, el mar, Monrovia y cuanto creía haber visto y oído en aquel viaje fantástico, nada tema de real. Sonambulizado por la influencia de Pocahontas, el sueño hipnótico había desarrollado ante mí el vario espectáculo de hombres y cosas, a que había asistido en alas de la imaginación. Tal fue la primera idea que de aquel fenómeno me formé. Ocurríame una duda: el sueño magnético no deja huella alguna en la memoria del que a él es sometido, y yo recordaba distintamente cuanto soñado había, tan distintamente, que he podido consignarlo con todos sus detalles en esta relación. La Fontaine mismo, no obstante la excelente memoria de que estaba dotado, al volver del sonambulismo en cuyo estado había compuesto su fábula «Los dos pichones», no hizo reminiscencia de uno solo de sus versos.
De todos modos, el chasco había sido completo: Pocahontas tema motivos para envanecerse de haberme hecho viajar sin mi voluntad. Esta vez, también triunfaba sobre mí. Había de sobra para qué reír, y riendo me enderecé, arreglé mi levita, y salí de la perfumada y encantada recámara. Allí, en el corredor, esperábanme sonrientes la hechicera, su afortunado marido y el capitán C. Adelantóse ella hacia mí, me hizo tomar su brazo, y con el acento más dulce que de labios femeniles había hasta entonces oído, invitome a subir a la toldilla, donde nos esperaba un servicio del más rico sonchong.