Pueblo en vilo by Luis González y González

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A pesar de la mayor tolerancia para la anormalidad, muchos josefinos piensan que hoy existe más normalidad en San José. Hace 30 años que los personajes más molestos de la tenencia de Ornelas seguían siendo los «aparecidos», ahora casi desaparecidos. En primer lugar, las ánimas del purgatorio, como las de Martín Toscano y doña Pomposa. Las ánimas informes, hechas de humo, que solicitaban la devolución a fulanito de tal del dinero que les prestó, el desentierro del tesoro oculto, el arreglo de un negocio pío. En segundo lugar, las almas llameantes de los condenados que volvían del infierno a darle cuenta a los vivos de las penas eternas y la causa que los hacía figurar en el ejército de los réprobos. En tercer lugar, los demonios, los duendes especializados en la ruptura de platos y tazas; los diablos que veían los enfermos graves, todos rojos, de cornamenta y cola; los que arrastraban cadenas a deshoras de la noche; los que se aparecían con figura de perro prieto o de gato maullador, y los que asumían la forma de un hombre catrín, de un rico de la capital. Todos los bultos y los ruidos fantasmales han dejado de frecuentar la villa de San José, donde ya pocos creen en ellos, y sus apariciones; aun en las rancherías, son cada vez más raros. Los espantos y los cometas ya no le quitan el sueño a nadie. Las bombas atómicas y los platillos voladores todavía no llegan a ser temidos. Los malos temporales ya no producen los sustos de otros tiempos. Las causas de pavor colectivo disminuyen día a día. Aun los hombres de malas entrañas están en quiebra.

Los demonios vivos, los pícaros redomados, los hombres de mal corazón, los capaces de clavarle a cualquiera en cualquier momento un cuchillo, de disparar la pistola contra un cristiano sin por qué ni para qué, los que se venden para la comisión de crímenes si es que los hay, ocultan muy bien su naturaleza desalmada. Ya no hay criminales de profesión en la tenencia. Los que quedaban, los supervivientes de la época violenta, han depuesto sus malos instintos o se han ido a darse de alta en alguna ilustre corporación policial, o lo más común, han sido muertos por los parientes de sus víctimas. Los delitos contra las personas todavía se dan, pero en dosis cada vez menores. Nunca falta el balaceado del año, ni el par de heridos. La agresividad se desahoga con palabras o gestos, o se reprime; ya pocas veces produce sangre. Hay menos cohesión social, pero también menos tolerancia para el homicida. La bravura ha dejado de ser una virtud; se le menosprecia y se le ridiculiza, especialmente en el pueblo.

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