Explore "Pueblo en vilo" by Luis González y González on Textopian. Read with annotations and highlights.
Los periódicos propalaron la noticia de la muerte del general Gorostieta en una emboscada, el 2 de junio de 1929. Los dirigentes católicos que en aquel momento estaban negociando un modus vivendi con el gobierno, la encontraron providencial.[52] El 5 de junio en el Castillo de Chapultepec, don Emilio Portes Gil y los obispos Ruiz, delegado apostólico, y Díaz, arzobispo de México, conversaron largamente. Poco después se acordó la reanudación del culto, la devolución de templos y accesorios a la Iglesia, y la amnistía a los levantados en armas. Lo acordado se firmó el 21 de junio.[53] Las autoridades eclesiásticas urgieron a las partidas de rebeldes que cesaran la lucha; las militares hicieron igual con las tropas anticristeras. «El domingo 30 de junio de 1929 las iglesias de México volvieron a abrirse». No la de San José ni la de otros varios pueblos porque estaban quemadas. En San José se reanudó el culto en la casa del cristero Juan Gudiño.[54] La gente acudió a los oficios religiosos con más fervor que nunca. Muy pocos celebraron el modus vivendi, y muchísimos lo lamentaron. Los cristeros, obedientes, acudieron con la cabeza gacha al indulto dictaminado por Pascual Díaz.
Se convino que los cristeros de San José se indultaran en su pueblo. Ya no quedaba más salida que el indulto. La sencilla ceremonia en el destruido portal del norte, frente al árbol churi, fue presidida por el general Félix Ireta. Uno por uno de los sublevados fue deponiendo las armas, cada uno la más vieja y malucona, porque todos se guardaron la mejor. «No crean que nos hacen tarugos», decía Rafael Picazo, representante de la autoridad civil en la ceremonia de indulto, «pero como se quiere la paz, les aceptamos la pedacera de fierros que nos entregan en vez de las armas con que pelearon». La tropa se fue con aquellas mugres.[55] La gente del pueblo se dolió de los caídos: Agustín Aguilar, Demetrio Bautista, Salvador Buenrostro, Francisco y Román Cárdenas, José Gudiño, Manuel Chávez, Gaudencio y Jesús González, Luis Manjarrez, José Guadalupe Mancilla, Ramiro Pulido, Agustín Sánchez y otros. Los difuntos serían elevados a los altares privados, y muchos se dirigían a ellos como si fueran santos del calendario para pedirles favores, milagros y todo lo que se pide a los miembros de la corte celestial. En cambio los que no habían muerto peleando o los que ni siquiera habían peleado cayeron en el purgatorio en que se había convertido su tierra, purgatorio de pobreza, injusticia y malos sentimientos.