Pueblo en vilo by Luis González y González

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El paisaje concedido a Francisco Saavedra, Pedro Larios y Alonso de Ávalos hace cuatro siglos, es otro ahora. Los 15000 hombres que lo han habitado y sobre todo las gentes de las últimas camadas le han impuesto deforestaciones, cacerías, cultivos, fruticulturas, ganaderías con exceso de pastoreo, rancherías, pueblos, luz, hilos y cintas de comunicación y transporte que si no lo han dejado irreconocible sí diferente a como fue en la antigüedad prehispánica o a como era todavía hace 30 años en cada uno de sus cuatro elementos: aire, agua, tierra y lumbre.

Las destrucciones se han hecho en la corteza terrestre, en la delgada costra vegetal y animal a fuerza de hacha, rifle, insecticidas, fungicidas y muchos más artefactos de devastación. Los leñadores, si dan un pequeño soborno al agente forestal, hacen leña del árbol caído y del bien plantado; tumban encinas que cuesta siglos reponer, rasuran cerros y lomas velozmente, conducen los troncos a lomo de burro hasta la carretera y las «trocas» se encargan de llevárselos a los citadinos para que coman carne al carbón vegetal y para que adornen sus casas. Los turistas tienen manos libres para cazar venados y liebres y ya están a punto de acabar con ellos. Los cazadores locales casi han dejado limpia la tierra y el cielo de alimañas (tlacuaches, coyotes, ardillas, ratas, gavilanes y víboras), y de animalitos comestibles (armadillos y huilotas). En cambio, los insecticidas y fungicidas, cada vez más usados, están lejos de suprimir moscas, mosquitos, pulgas, hormigas, gusanos y lombrices. Todavía cada estación trae sus plagas y se va con ellas.

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