Ulises criollo by José Vasconcelos — Read

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Eran tristes los atardeceres de aquel Campeche que en el noventa y seis resbalaba la pendiente de una decadencia irremediable. Delante de nuestros balcones las faenas del puerto mantenían un simulacro de actividad; pero las calles interiores, aun las principales, se veían solas y abandonadas. Y cuando las cruzaba un transeúnte se hacía más patente el vacío porque dentro de las casas eran pocos los ojos a espiar. Un éxodo continuado iba dejando vacías las moradas. Los vestigios de la antigua prosperidad hacían más punzante la desvastación inevitable. Filas de ventanas con rejas y zaguanes suntuosos permanecían cerrados y sin anuncios de alquiler, como si los dueños se hubiesen cansado de esperar inquilinos. En las barriadas más pobres, a veces, toda una cuadra de casas se caía por abandono, rotos ya todos los vidrios, sueltos los quicios de las vidrieras. En las mansiones principales solían quedar únicamente los viejos. La gente joven emigraba en busca de quehacer lucrativo. Un puerto que tuvo astilleros famosos por el buen corte, la riqueza de la madera de sus barcos, dejaba podrir los pilotes de las antiguas defensas. Naves extranjeras remplazaban el pabellón nacional y los marinos que no se marchaban descendían de categoría convirtiéndose en pescadores. Sordo al clamor de los pueblos, el gobierno de los pretorianos encarnado en un zafio mandón, rodeado de negociantes se hacía aclamar como progresista porque otorgaba al extranjero ventajas ruinosas para cada comarca. Cogida en el silencioso, deliberado desastre, la clase media se refugiaba en el favor del Ministro campechano que administraba la limosna de los empleos en la capital. En el hermoso jardín principal todavía la banda convocaba a las familias para retretas, pero cada día eran menos las bellas de porte lánguido, pálida tez y ojos negros. La casta criolla de lindo tipo sensual cedía a los rudos indígenas del interior que en callados grupos escuchaban el concierto a distancia y como si aguardasen el momento de ocupar las casas que abandonaban los blancos. Una que otra bella de fino linaje, rezagada de la emigración colectiva, veía con ademán ausente y como si sólo se preocupase del novio estudiante que la sacaría de sus lares en ruina.

La flor marchita, por Manuel Ocaranza.

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