Ulises criollo by José Vasconcelos — Read

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Nuestra vivienda dentro del tumultuoso número 5 de Leandro Valle era de las más pacíficas. Mis compañeros de cuarto estudiaban tanto o más que yo. Morones pertenecía a mi curso y era de mi edad. El otro, de veinticuatro, se llamaba Pacheco y estudiaba el último año de Medicina. Entre Morones y Pacheco había una alianza casi religiosa, siendo Morones el devoto y Pacheco el ídolo. Sin resistencia me fueron admitiendo a un terceto bastante discreto. Con Morones solía juntarme para estudiar. Con Pacheco conversábamos, discutíamos. Y no muy a menudo porque las horas libres las pasaba con la novia y llegaba ya sólo a ponerse la visera verde para la lectura de sus gruesos volúmenes de patología, a la luz de su quinqué. La calavera sobre su mesa y el olor a yodoformo de sus instrumentos acababan de identificarlo con su profesión. Morones era un mestizo de Xochimilco, de poco talento, gran tenacidad y sólida honradez. Pacheco era de familia criolla orizabeña. Esmerado en el vestir, ordenado en sus hábitos, fino en su trato. Los tres nos levantábamos temprano, a pesar de que las luces del estudio ardían, a veces, más allá de las doce. Tras el rápido aseo Pacheco se encaminaba al hospital donde era practicante. Morones y yo bajábamos al jardincillo de Santo Domingo para repasar las lecciones del día. El rojo tezontle de la fachada del templo, su torre garbosa y delicada, la fragancia de la pequeña plaza, en la hora matinal, nos ponían alegre el ánimo. A menudo, marco tan poético nos apartaba del estudio y nos entregaba a la divagación. Por tal de consolarme de la aridez de las ecuaciones del segundo grado, leía cada mañana el folletín del diario popular de la época: las interminables aventuras de Rocambole. En seguida, con el gesto de fumador que arroja la colilla de un mal tabaco, dejaba el periódico, abría el texto y paseaba. El grato ambiente, la silueta esbelta y sólida del colorido barroco dominicano, la eterna primavera de los follajes en aquel clima benigno, todo contribuía a la deliciosa embriaguez del pensamiento. Tan dichoso parecía el instante, que resultaba pueril toda preocupación del futuro.

La Alameda, en el siglo XVIII.

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