Ulises criollo by José Vasconcelos — Read

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Hastiados de mal comer en fondas y pensiones baratas, y también para lograr más libertad, decidimos rentar una vivienda completa haciendo cocina en casa. Entre cuatro nos instalamos, suprimiendo el salón, en alcobas individuales y comedor. Un estudiante de ingeniería, Nacho Guzmán, hizo de jefe y tesorero. Mensualmente le entregábamos nuestra cuota y él se entendía con el servicio. Consistía éste de una vieja criada que hacía de ama de llaves y cocinera, auxiliada de una hija fortachona y cacariza, a salvo, según supusimos, del deseo varonil más desesperado. Ocupábamos un interior del segundo piso de un edificio con ocho viviendas. Las del piso bajo eran humildísimas, ocupadas por artesanos y lavanderas. Las del frente de la calle eran habitadas por familias que no veíamos casi ni en la escalera. Por arriba éramos dueños de una azotea, cómoda para estudiar por las tardes y contemplar desde ella las puestas del sol y los tejados vecinos. Varias salidas aseguraban a cada quien independencia completa. Al principio todo fue bien: comíamos con abundancia, eligiendo los manjares a nuestro antojo. En vez de Renato, que temporalmente suspendió los estudios, teníamos ahora de compañero a José Santos, también de Piedras Negras o de Sabinas, que ya cursaba el último año de Medicina. Lo visitaba y convivía a veces con él una Lola, su amante, y afanadora de un hospital. Ocupaba otra habitación el Chango, estudiante de leyes, guitarrista y poeta. Nos visitaban compañeros de diversas facultades, invitados a comer o simplemente a la charla y la divagación de las canciones y los devaneos amorosos.

Con frecuencia faltaba a clase, aburrido de traducir y comentar las Pandectas, y acompañaba a Santos o a Olvera a sus prácticas médicas. Llegué a saberme de memoria todas las salas del espantoso Hospital Juárez, a la vez hospital de sangre para las víctimas de los crímenes, los atropellos de la ciudad y asilo general de alcohólicos, cancerosos, reumáticos, venéreos y hasta leprosos. La cantidad de horror que allí se podía ver en sólo una mañana, supera a cuanto hayan imaginado las más sombrías literaturas. A tal punto que después de contemplar los tumores y las llagas, casi no impresionaba el anfiteatro, con su media docena de cadáveres despedazados sobre planchas impregnadas de la pestilencia inconfundible: la cadaverina. Bastaría recordarla para quitarnos toda posibilidad de sensación voluptuosa fundada en la atracción de la carne.

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