Explore "Ulises criollo" by José Vasconcelos on Textopian. Read with annotations and highlights.
Ciertos triunfos escolares y el aislamiento a que obligaba el trabajo, habían hecho de mí no sólo el chico más leído del pueblo; también el más famoso como «aplicado». Y en uno de los aniversarios nacionales, la Junta Patriótica resolvió incluirme en el torneo de los oradores.
De pantalón corto y con unos pliegos en la mano, marché con el cortejo oficial, junto con mi padre, sintiéndome importante. Me parecía obvio que al llegar a la edad de los que me rodeaban, los sobrepasaría a todos desmesuradamente. Por lo pronto, y aun como niño, era yo cosa aparte. Asomaban y se perdían visiones de gloria futura en el polvo de nuestros pasos. La resonancia marcial de la banda que nos precedía comunicaba resoluciones y ardor de heroísmo. Cuando asomé a la plataforma de las ceremonias, el aspecto de nuestra desmantelada Plaza del Comercio era tan distinto del ordinario, que no pude evitar un deslumbramiento. Una multitud compacta llenaba la extensión empavesada de banderolas y estandartes. Risas y voces fingían oleajes. En el templete, las autoridades, bajo un dosel de águila con bandera tricolor, dirigían el programa; piezas de banda militar y discursos. Se acercaba la hora decisiva de mi debut; me sentía las manos frías y una sensación molesta en la garganta. Se adelantó al barandal un orador de levita negra y bigotes, ademán de arenga, y llovieron nombres de héroes invictos con mucha libertad e independencia, gloria y loor. Lo cierto es que los héroes, aun siéndolo, no tenían nada de invictos, dado que murieron fusilados por el enemigo; la verdad era que de libertades no habíamos sabido nunca y que nuestra independencia dependía de las indicaciones de Washington desde que Juárez abrazó el monroísmo para matar a Maximiliano. Pero, igual que los enfermos, los pueblos en decadencia se complacen en la mentira que les sirve para ir tirando.