Explore "Ulises criollo" by José Vasconcelos on Textopian. Read with annotations and highlights.
A mi padre le habían asegurado que Durango se parecía a Oaxaca. Esto bastó a decidirlo. Además, yéndose a Durango contrariaba la corriente de los que empleaban las vacaciones en San Antonio, Texas. Tomando la ruta del Sur, le volvía la espalda ostentosamente al progreso, a lo yanqui. A fuer de entendido, él se iba adonde la verdadera civilización. La piedra labrada siempre valdría más que el cemento, por más que se lo dieran superpuesto en pisos. Con mi padre iba yo por derecho de mayoría. El viaje le hubiera correspondido en seguida a Concha, pero no quiso separarse de mi madre y cedió el lugar a Lola, que ahora completaba el terceto. Quedó mi madre al cuidado de su prole, aumentada ya con el nacimiento de la pequeña Chole.
Mi hermana Lola tenía tal vez siete años y yo no más de once. Lola era voluntariosa y decidora; el abuso de los dulces, charamuscas rellenas de nueces, pastas de leche y calabazates, la tenía pálida; pero era nerviosa y despierta. En los ocios forzados del vagón mi padre explicaba por anticipado lo que veríamos; nos describía las ceremonias de la Semana Santa; el porqué de los altares enlutados; la seña y los maitines; el Stabat Mater y la Misa de gloria. No era iglesiero ni rezador, sino más bien un creyente tibio. Sin embargo, adoraba el rito que era para él la mejor forma de arte. Lo que llamaba «funciones» de la iglesia le remplazaban las satisfacciones del teatro y del concierto de que disponen los modernos.