Explore "Ulises criollo" by José Vasconcelos on Textopian. Read with annotations and highlights.
El traslado de Piedras Negras encontraba tropiezos; la licencia de dos meses con sueldo había sido prorrogada sin sueldo y ya no le quedó a mi padre otro recurso que volver a su empleo para esperar el lento desarrollo de las gestiones emprendidas. Pero, como no desistía de ellas, resolvió emprender solo el regreso. Y tampoco le pareció prudente dejarnos pasar la espera en una ciudad grande como México, sin amistades de valor y con recursos escasos. Próxima a la capital, reflexionó, está Toluca; su Instituto era famoso. Además, el Gobernador porfirista, Villada, acababa de renovar la enseñanza en su ínsula. Por excepción se daba el caso de un gobernante preocupado por el mejoramiento escolar. Añádase la ventaja de la baratura de habitaciones y comestibles. El hecho es que nos dejó allí instalados y se embarcó para el Norte. Un hielo como el clima de la ciudad se nos metió en el alma, desde el primer día, no obstante las hermosas casas con patio, en cuadro, y balcones decorados con macetas. Una pequeña fue nuestra en la calle principal, cerca de la Alameda. Desde su balcón mirábamos la calle solitaria con yerba nacida en las junturas del empedrado. Las baldosas de la acera casi no necesitaban los servicios municipales, porque el llover a menudo las dejaba lavadas casi cada tarde. Las mañanas, en cambio, eran siempre diáfanas. Una luz ofuscante llenaba la soledad de las calles y la perspectiva desierta de las montañas próximas revestidas de pinares. Un gran número de indios vestidos de azul y blanco, trigueña la piel y un andar de trote bajo la carga sobre los hombros, pasaba temprano rumbo al mercado. Los criollos salían también para la misa, pero luego se encerraban tras de sus vidrieras. Únicamente los domingos a mediodía asomaban por los portales, muy bien vestidos, para dar vueltas al son de la banda militar. Sobresalían unos cuantos terratenientes que frecuentan la capital y llegan hasta Europa, pero ni conocen ni saludan al vecino. Familias de empleados se mezclan con ellos en el paseo, sin que se entable la más elemental relación. La misma distancia, otro abismo, separa a la clase media, «pobre, pero decente» del indio que circula por el arroyo y se arrima a la música, pero lejos de los que usan el traje europeo. Extraños al mundo aquel de castas bien definidas, nosotros nos manteníamos aparte, nos divertíamos por las iglesias y los paseos y tomábamos por asalto las alacenas de dulces de los portales. No acababan nuestros hartazgos de naranjas cristalizadas o rellenas, limones azucarados, duraznos, tunas y biznagas en dulce y conservas de membrillo y de manzana, melados de caña, jamoncillos de leche y confites; grageas de azúcar de color, almendras garapiñadas, todo en profusión y baratura que provocaba entusiasmo. Mi pobre mamá, tan frugal en todo, caía en la tentación tratándose de golosinas, de suerte que en el portal dejábamos los pequeños ahorros, y creo que a veces aun parte del diario reservado a los alimentos.
La Hacienda, grabado del siglo XIX.