Ulises criollo by José Vasconcelos — Read

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No habían pasado tres días de la fiesta cuando una mañana fuimos sacados de clase a gritos y empellones. Reunidos desordenadamente en el patio del Instituto se nos agrupó a la cola de los estudiantes formales, a la vez que corría la orden gregariamente acatada: marcharíamos en manifestación contra el clero. Se nos repartieron banderas. Inició el desfile el portaestandarte del colegio; lo seguimos en número de cien o doscientos. En la calle tomó nuestra retaguardia un grupo de enlevitados, suerte de frailes del laicismo. A la entrada de la ciudad se nos unió una porción del populacho y comenzaron los discursos. En cada bocacalle hacíamos alto. Sobre el techo de un coche algún orador gesticulaba; en coro respondíamos: «¡Muera, muera! » Se me quedó el nombre de uno de los que arengaban: Lalanne. Raúl Lalanne, bien parecido, abogado joven y no sé si diputado al Congreso por. don Porfirio. Su fama se asentaba en simpatía personal y en la gloria de su padre, general de Juárez en la lucha contra el Imperio. Con ademán resuelto increpaba a los frailes y amenazaba los «conventículos». Detrás de algunas ventanas que la persiana velaba imaginábamos monjitas asustadas de las amenazas de nuestros conductores. Éramos el rebaño que lanzaban las logias como advertencia a la población católica que se atrevió a estar contenta el día de la coronación. Y de los gritos no pasamos, a causa de que los conventículos estaban bien protegidos por la policía porfirista, y nuestros liberales, valientes contra las reclusas, se mantenían respetuosísimos frente al último gendarme del régimen.

San Francisco de Asís, grabado del museo de los Capuchinos de Roma.

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