Morir en El Golfo by Héctor Aguilar Camín — Read

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La escolta ocupó la calle del edificio del sindicato antes de que Pizarro bajara, Roibal nos abrió la puerta trasera del auto y caminé junto a Pizarro hacia la entrada. Pasábamos y se cerraban sobre nosotros los custodios. Como quien pone rieles al paso de un vehículo, la escolta de Pizarro iba poniendo parejas de guardianes en cada puerta que debía ser cruzada, la valla instantánea producía a su vez un efecto imán en las oficinas, jalaba saludos y adhesiones, secretarias paradas de puntitas, gestos humildes, apretones entusiastas, hasta la puerta de vidrio grueso, como de baño público, y las paredes de madera gris rata por donde se entraba a las oficinas de Pizarro. En el vidrio podía leerse con letras descascaradas la inevitable leyenda: El que sabe sumar, sabe dividir.

El despacho de Pizarro estaba en el cuarto piso, al centro de un gran cuadrado aislado por un ancho pasillo de las demás oficinas, todas las cuales con vidrios transparentes, de modo que era perfectamente visible su interior. El despacho de Pizarro, en cambio, tenía paredes de cemento hasta el techo, con extractores de aire y proveedores de clima artificial. Un sistema de sillas como de estación de autobús ordenaba la audiencia de Pizarro, frente a la puerta de la oficina. Varios ayudantes hacían guardia en ella y apuntaban en tarjetas las razones de cada solicitante.

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