Por quién doblan las campanas

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ROBERT JORDAN, tumbado tras un pino en la pendiente de un cerro que dominaba la carretera y el puente, miraba cómo amanecía. Siempre le había gustado aquella hora del día, y ahora sentía como si él mismo fuese una parte del amanecer, como si fuese una porción de esa luz gris, de ese lento aclarar que precede a la salida del sol, cuando los objetos sólidos se oscurecen, el espacio se ilumina, las luces de la noche se hacen amarillas y se esfuman a medida que avanza el día. Los troncos de los pinos detrás de él se divisaban claros y nítidos, la corteza oscura y con relieve, y la carretera brillaba bajo un velo de bruma. Estaba húmedo de rocío y el suelo del bosque era blando y sentía la dulzura de las agujas de pino hundiéndose debajo de sus codos. Más abajo, a través de la bruma ligera, que subía del lecho del río, podía divisar el puente de acero, erguido y rígido, por encima del paso, con las garitas de los centinelas a uno y otro extremo, y la estructura fina, aérea que lo sostenía, envuelto en la niebla que flotaba sobre el agua.

Podía ver al centinela que, de pie, en su garita, con la espalda vuelta, envuelto en un capote y con un casco en la cabeza, se calentaba las manos en el bidón de gasolina agujereado que le servía de brasero. Robert Jordan oía el ruido del torrente, que golpeaba más abajo, entre las rocas, y veía una ligera humareda gris levantarse de la garita del centinela.

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