Por quién doblan las campanas

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BAJARON LOS ÚLTIMOS DOSCIENTOS METROS moviéndose cuidadosamente de árbol en árbol, entre las sombras, para encontrarse con los últimos pinos de la pendiente, a una distancia muy corta del puente. El sol de la tarde, que alumbraba aún la oscura mole de la montaña, dibujaba el puente a contraluz, sombrío, contra el vacío abrupto de la garganta. Era un puente de hierro de un solo arco y había una garita de centinela a cada extremo. El puente era lo suficientemente amplio como para que pasaran dos coches a la vez, y su único arco de metal saltaba con gracia de un lado a otro de la hondonada. Abajo un arroyo, cuya agua blanquecina se escurría entre guijarros y rocas, corría a unirse con la corriente principal que bajaba del puerto.

El sol le daba en los ojos a Robert Jordan y no distinguía el puente más que en silueta. Por fin, el astro palideció y desapareció, y, al mirar entre los árboles, hacia la cima oscura y redonda, tras la que se había escondido, Jordan vio que no tenía ya los ojos deslumbrados, que la montaña contigua era de un verde delicado y nuevo y que tenía manchas de nieves perpetuas en la cima.

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