Por quién doblan las campanas

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UNA VEZ DENTRO DE LA CUEVA, Robert Jordan se acomodó en uno de los asientos de piel sin curtir que había en un rincón, cerca del fuego, y se puso a conversar con la mujer, que estaba fregando los platos, mientras María, la chica, los secaba y los iba colocando, arrodillándose para hacerlo ante una hendidura del muro, la cual se usaba como alacena.

-Es extraño -dijo la mujer- que el Sordo no haya venido. Debería haber llegado hace una hora.

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